OPINIÓN / Las personas normales

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A raíz de la polémica suscitada por la surrealista y repentina decisión de Wert en relación a las becas Erasmus, una portavoz del PP (es decir, alguien con responsabilidad política, no nuestra vecina de escalera) ha intentado quitarle importancia al asunto insinuando que el revuelo que se ha armado es desproporcionado, ya que al fin y al cabo la cantidad que perciben los Erasmus (poco más de 100 euros al mes) es insignificante y tampoco lo iban a notar tanto. Dichas declaraciones, que a mi juicio son intolerables, repugnantes y de mal gusto, han pasado desapercibidas (en España somos más de escandalizarnos por otras cosas).

Si España fuese un país serio, esta mujer ya habría dimitido y no podría salir de su casa. Una persona capaz de utilizar un argumento tan sádico, perverso e irresponsable (rasgos muy wertianos) debería ser inhabilitada para cualquier cargo político. Pero como no es el caso y vivimos en un país en el cual los políticos decentes y con estómago (que los hay) son considerados unos pardillos y unos pringados, esta señora seguirá viviendo en esa burbuja aislada del mundo real y cuando un grupo de erasmus cabreados le haga un escrache (recurso lícito ante tanta impunidad) en su puñetera casa, habrá mucha gente que se escandalizará y dirá que ese no es el camino, ya que sus hijitos (si es que tiene, que no lo sé) no tienen la culpa de que mamá sea incapaz de empatizar mínimamente con alguien que vive más allá de las fronteras de dicha burbujita.

En el mundo real, señora portavoz, con 110 euros las personas normales pueden buscarse la vida y encontrar una habitación normal para alquilar. Con 110 euros las personas normales pueden comprar comida normal, detergente normal, champú normal y otros artículos del hogar normal durante un mes. Y sí, señora, seguramente algunos de esos erasmus también se emborracharán de vez en cuando en los bares normales de sus ciudades de destino, porque son personas normales.

JOAQUÍN STRUMMER

Ilustración: Quino

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OPINIÓN / El catetismo encorbatado

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No sé si España será un país de valientes. Lo que sí sé es que es un país lleno de periodistas de derechas que son unos verdaderos catetos. Y es que el catetismo no se cura sacándote una carrera universitaria. La frase del tweet del siniestro Alfonso Merlos que podéis ver sobre estas líneas me parece muy significativa a la hora de retratar a la rancia derecha española y sus limitaciones. Comparaciones tan estúpidas y rebuscadas como la del tweet  en cuestión o argumentos tan deficientes y débiles como los  que repiten como loros para intentar desprestigiar a la izquierda dejan en evidencia a la derecha ante cualquier persona con un mínimo de sentido común, pero también logran calar en muchas otras.

Supongo que ya sabréis a qué estupideces me refiero: a la utilización compulsiva del comodín del “¡eso es demagogia!” (hola, Marhuenda), Cuba, Venezuela y Paracuellos cada vez que te quedas sin argumentos. A confundir a la opinión pública intentando vender la falacia de que una persona, por el hecho de ser de izquierdas, no tiene derecho a caer en la más mínima contradicción. A utilizar casos absurdos e infantiles como ejemplos de esas supuestas contradicciones: una persona de izquierdas, para ser consecuente, debe ser una especie de ermitaño. A creer que sólo nos podemos movilizar por egoísmo: ¿Ada Colau vive de alquiler? Entonces no tiene derecho a solidarizarse con los afectados por las hipotecas. ¿Un chaval del sindicato de estudiantes ya no es estudiante? Pues no tiene derecho a mojarse por los que todavía están estudiando. A mofarse de las políticas de izquierdas imaginando un hipotético y caótico contexto bolchevique para asustar y condicionar a la ciudadanía, cuando no es necesario imaginar nada, puesto que basta con salir a la calle (o hablar vía Skype con alguien que tuvo que irse) y observar el contexto real actual (capitalista, por cierto) para echarse a llorar. A criticar a los sindicatos mayoritarios recurriendo a la estupidez de las mariscadas y el jamón cuando seguramente haya argumentos mucho más sólidos a la hora de explicar sus contradictorias traiciones a la clase trabajadora; a insinuar que las mujeres que están a favor de su libertad sexual consideran que el aborto es un placentero capricho. A que pensar más allá del protocolo de la derecha sea sinónimo de apología del terrorismo o colaboración con banda armada mientras que exhibir parafernalia franquista y nazi es considerado una chiquillada sin importancia, pese a que los chiquillos de NNGG en cuestión ya tienen canas en los testículos. A que un estudiante de la pública que es explotado en un trabajo de verano para poder pagar su matrícula universitaria de 2000 euros en realidad deba darle las gracias a esperpentos como este por poder seguir estudiando. En definitiva, podría estar horas poniendo ejemplos reales y estúpidos de este estilo. Pero vuelvo a centrarme en el tweet de Merlos y me tomaré la libertad de explicar por qué considero que su comparación es insostenible y ridícula:

1) El terrorista ya está estigmatizado y señalado. Comete asesinatos y se le juzga por ello. Luego se podrá debatir si su condena ha sido justa, dura o blanda. Pero hasta donde yo sé, al terrorista se le juzga (en ese sentido sería interesante que muchos de los supuestos demócratas que estos días se han dedicado a ladrar leyeran este artículo). Por lo tanto, el terrorista no tiene impunidad. Y durante toda su vida tendrá que vivir con el estigma de ser un terrorista (y se debe atener a ello, ya que es algo que ya sabía que ocurriría cuando eligió emprender ese camino). Incluso hay personas que no son terroristas, no tienen ningún delito de sangre y aún así siempre lo serán para los ojos de millones de españoles que se creen (a veces por convicción, pero muchas otras por una mezcla de inercia e ignorancia) las mentiras de personas como Merlos. Mentiras amparadas en baremos cuyo listón está cada vez más bajo a la hora de tachar a una persona de cómplice del terrorismo.

2) El político, pese a que tiene que convivir con el hecho de que gran parte de la sociedad lo considera un sinvergüenza y un mentiroso, a diferencia del terrorista goza de una impunidad insultante y de mal gusto. Si, también está estigmatizado, pero ese estigma es light y llevadero. Los hay que, incluso después de haber robado, engañado y ordenado asesinatos amparados en el terrorismo de Estado, son considerados héroes con dos cojones bien puestos. Y sí, el político de vez en cuando tiene que aguantar algún que otro insulto o humillación…¡en Twitter!. Poca cosa para todo el sufrimiento que causa, me temo. Por lo tanto, intentar otorgarle un matiz criminal a un escrache pacífico que simplemente se limita a señalar es una tomadura de pelo.

3) Aunque le fastidie a Merlos y a la AVT, las fatídicas decisiones de un político condicionan la vida de millones de españoles, mientras que los criticables atentados de ETA (¿quién puede apoyar indefendibles chapuzas y carnicerías como las de Hipercor o Vallecas?), pese a que son muy útiles para que los partidos que viven del miedo obtengan réditos políticos, no interfieren en el día a día de la inmensa mayoría de los españoles. Suena frío, ya lo sé, pero no es casual; lo hago para retratar una vez más la hipocresía y el doble rasero de la derecha, que a su antojo utiliza el ya mencionado argumento de que las únicas movilizaciones válidas son las que se rigen por el egoísmo (es decir, movilizarnos únicamente por lo que nos afecta). En otras palabras y poniéndome en su asqueroso pellejo y analizando esto desde su perspectiva individualista: si para ellos únicamente los desahuciados tienen derecho a movilizarse en contra de las hipotecas abusivas…¿por qué los españoles cuyas vidas no se han visto afectadas por ETA deberían escrachar a un etarra?

4) Por último, no hay que dejar pasar la licencia periodística (sí, es un eufemismo, lo que quiero decir realmente es que miente descaradamente) que se ha permitido el lujo de utilizar al decir que los escraches han sido dirigidos a los hijos de los políticos.

Aunque, pensándolo bien, tampoco es tan grave que Merlos mienta. Al fin y al cabo es de derechas y no tiene complejos. Y según indica esa casposa ley no escrita pero que tan arraigada está en nuestra sociedad, el facha sin complejos puede decir cualquier burrada sin que tenga que pedir perdón por ello. Es lo que tiene la inercia de la impunidad…

JOAQUÍN STRUMMER

OPINIÓN / Periodistas bienpensantes

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Año de 2053 / 22 Febrero

Hace ya 40 años, en febrero de 2013, publiqué una novela basada en la vida de un delincuente. Se llamaba Miguel Montes. Había pasado 36 años en prisión sin haber cometido ningún delito de sangre y finalmente había sido indultado. Justo una semana después de presentar la novela volvieron a detener a Miguel. La policía sospechaba que él podía saber algo sobre un atraco cometido tres meses antes. Alguien le dijo a mi editor que si hubiera sido una campaña de promoción de la novela, no habría sido más oportuna.

Pero entonces se abrió una de esas páginas de bazofia en los medios de comunicación alimentadas por los periodistas bienpensantes. Los titulares en la televisión eran tal que así: “Miguel Montes, de indultado a reincidente”, “El ladrón más viejo vuelve a atracar”, “Miguel Montes, condenado otra vez”… Esos titulares aparecieron cuando ni siquiera le había visto el juez, cuando no se había demostrado nada. Cuando las primeras pruebas apuntaban en dirección a la inocencia de Miguel. Pero a los periodistas bienpensantes no les importó. En las tertulias se mostraban encantados por poder decir cosas del tipo “si ya lo decía yo”. Periodismo en estado puro hecho por periodistas cuyas fuentes de información siempre están en los despachos y muy pocas veces en la calle.

     —Manuel —le dije a uno de esos periodistas —, la policía odia el delito y compadece al delincuente. El buen periodista odia el delito y se toma un café con el delincuente. No tomes tanto café con la policía.

Y Manuel se molestó, claro.

ANTONIO IZQUIERDO (periodista y biógrafo de Miguel Montes)

OPINIÓN / Cuando la subjetividad se convierte en tomadura de pelo

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No es ninguna novedad que la derecha más rancia y reaccionaria de este país carece de escrúpulos a la hora de lograr sus objetivos. Sus miembros no utilizan cócteles molotov, ni queman contenedores, ni consumen speed (ellos y sus hijos son más de cocaína). Son mucho más peligrosos. Es por eso que no me sorprendió que, justamente el día que se liberó a Alfon, el ecuánime periodista Carlos Hidalgo (ABC) publicara esta chapuza. Es evidente que todo medio (llámese ABC, La Gaceta, eldiario.es o Público) tiene su sesgo ideológico. De hecho eso no tiene por qué ser algo malo. Sería hipócrita si dijera que esta página es imparcial o neutral. Claro que no lo es. Ni lo pretende, tal y como expusimos desde un principio en nuestras señas de identidad. Es más, me atrevería a decir que a veces hay gente que, en su empeño forzado de querer parecer neutrales, se convierten en repelentes. Posicionarse no sólo no está mal, sino que es necesario. Lo que está mal es posicionarse e intentar vender la moto de que eres objetivo. Artículos, noticias y reportajes lamentables los hay en todos los periódicos, pero el artículo del señor Carlos Hidalgo ya sobrepasa los límites del mal gusto. Y no sólo por su contenido. Todo olía fatal desde el principio, tanto sus formas como su coyuntura y su contexto.

Después de estar encerrado en prisión durante 56 días en régimen FIES 5 (conocido como la cárcel dentro de la cárcel), Alfon es liberado de un día para otro. Curiosamente, ese mismo día ABC publica la noticia (o artículo de opinión, no queda claro) cuyo título absolutamente pretencioso y descarado ya deja claro por dónde van a ir los tiros. Pero lo más inquietante no es eso. Lo más grave es que ese artículo es utilizado por un alto cargo policial como Sánchez Fornet (sí, el de “leña y punto”) en Twitter como prueba de que la policía ha actuado de manera impecable en el caso de Alfon. ¿No es llamativo que un alto cargo policial (que debe saber hasta el color de la ropa interior de todos nosotros) tenga que recurrir a un artículo de un periódico para demostrar que Alfon es muy malo y ellos son muy buenos? Por cierto, Cifuentes (protagonista principal en toda esta historia ) también recurrió a una foto subida por una twittera para intentar criminalizar a Alfon. Un poco raro, ¿no? La respuesta parece evidente: al no haber pruebas de que el material explosivo incautado perteneciera a Alfon (no había huellas suyas por ninguna parte y él no llevaba guantes), tendrían que buscar alguna excusa para salir del paso. ¿Y qué mejor que construir un retrato suyo (insisto, publicado el mismo día de su liberación) que lo convirtiera en poco menos que Satán? Visto lo visto, tampoco sería descabellado pensar que los supuestos explosivos que había en la bolsa no sólo no eran suyos, sino que no eran de nadie.

Pero bien, hagamos un ejercicio de imaginación y pongámonos en el hipotético caso de que la envenenada pluma de Carlos Hidalgo dijera la verdad y Alfon verdaderamente es un malvado consumidor de drogas (las cuales suelen estar bastante presentes en las redacciones de los periódicos, incluído el ABC) que hace unos años atracó a una persona y agredió a un policía. ¿Eso justifica que haya derecho a encerrarlo durante casi dos meses sin pruebas y sin un informe policial? Evidentemente no, y por eso el señor Sánchez Fornet se escudó en ese sensacionalista artículo del ABC con el fin de que la opinión pública se olvidara de que han cometido una verdadera chapuza que, de no ser porque la palabra de un policía siempre está por encima de la del ciudadano, sería hasta denunciable (de una manera efectiva que pusiera fin a nuestra indefensión actual en ese sentido). Una opinión pública que no duda en aferrarse a ese arraigado argumento que dice algo así como que el hecho de no ser un santo es motivo suficiente para que te traten como a un perro, ya sea a través de un FIES 5, en un vagón de Metro o siendo el preso más antiguo de España pese a no tener delitos de sangre. Por desgracia, debido a la carencia de capacidad crítica de un amplio sector de esta sociedad, a Alfon le costará mucho desprenderse de la etiqueta de drogata, violador y amante de la violencia gratuita. En el caso de que se demuestre que todas esas acusaciones son falsas, el ABC (ya metió la pata acusando de asesino a un hombre que finalmente resultó inocente) y su periodista saldrán ilesos, puesto que en España existe un descarado doble rasero a la hora de medir la gravedad de las palabras, dependiendo de quién las pronuncie/escriba. La derecha tiene total libertad a la hora de utilizar a la ligera términos como violador o terrorista.

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Podría analizar de forma exhaustiva cada uno de los párrafos del artículo de Hidalgo. Podríamos debatir sobre lo surrealista de resaltar que Alfon acudía a veladas de boxeo (ese deporte del que también se habla en la sección de deportes de ABC, por cierto), sobre cómo el periodista describió las reyertas entre Bukaneros y grupos ultras neonazis como si los primeros fueran unos salvajes sin corazón y los segundos unos pacifistas e indefensos muchachos budistas. Podría incluso hace hincapié en su despiste (por ser suave) a la hora de no tener en cuenta la opinión de la otra parte implicada (la familia de Alfon) a la hora de construir el perfil del chaval (si lo hizo se olvidó de reflejarlo). También se le podría recriminar que cuando publicó que Alfon tenía antecedentes por agredir a un policía tampoco se acordó de mencionar que su familia denunció que la policía le pegó una paliza a la tia del chaval ese mismo día (según parece, hay fotos que lo demuestran). Pero resulta mucho más significativo enterarte de que el señor Carlos Hidalgo tiene una relación bastante estrecha con la Guardia Civil y la Policía. Leemos lo siguiente en la página 52 de la edición catalana del ABC del día 13 de Octubre de 2012: “La Comandancia de la Guardia Civil de Madrid, coincidiendo con la celebración del Día de su Patrona la Virgen del Pilar, ha premiado a nuestro compañero de redacción de ABC Carlos Hidalgo Panelli en reconocimiento a su labor informativa y a la colaboración con el Instituto Armado, lo que supone un beneficio a los ciudadanos. Presidió el acto el coronel de la Benemérita, Domingo Calzada, y el subdelegado del Gobierno de Madrid, Mario Gómez-Aller”. También se ha sabido que fue premiado por la policía madrileña en el año 2009 por el mismo motivo. Ahora sólo queda saber si esta nueva colaboración ha sido iniciativa suya o si directamente le dictaron lo que tenía que poner en el artículo. O lo que es lo mismo: si con su artículo le jodió la vida a un chaval de 21 años por pura maldad o si lo hizo porque es un pobre pardillo que sólo cumple órdenes. Que cada uno saque sus propias conclusiones.

JOAQUÍN STRUMMER

ARTÍCULO/ La sensibilidad selectiva

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En la excelente película argentina El secreto de sus ojos, uno de los personajes expone una peculiar teoría: un hombre, a lo largo de su vida, puede cambiar de cara, de trabajo, de novia o de religión, pero la pasión espontánea por el equipo de su vida es algo inamovible, puesto que cualquier intento de cambio en ese sentido es antinatural. Mi experiencia me dice que es verdad, pero me gustaría matizar: también sería interesante no infravalorar la pasión que se puede llegar a sentir por un equipo en un determinado momento de tu vida, más allá de que no sea el “de toda la vida”. Y es que, al igual que yo sería incapaz de ser hincha de un equipo argentino que no sea Newell’s Old Boys (mi equipo de toda la vida), tampoco me veo capaz de ser hincha de un equipo español que no sea el Rayo Vallecano (equipo con el cual llevo sufriendo y disfrutando durante los últimos cuatro años).

Hoy en día es muy habitual escuchar la hipócrita teoría de que es una tontería mezclar política con deporte (por cierto, muchos de los futboleros que defienden este argumento han sido muy torpes a la hora de intentar disimular su tirria a los independentistas catalanes durante estas últimas semanas). Yo parto de la base de que todo (o casi todo) lo que nos rodea es política. Y cuando pronuncio esa palabra no hablo necesariamente de primas de riesgo, estatutos de autonomía, circunscripciones, constituciones, sufragios o escaños. Tampoco hablo de los infames políticos.  Hablo de nuestro día a día, que está empapado de connotaciones políticas, más allá de que no sean explícitas y de que utilicen un idioma incompatible con el de la mayoría de los mass media (ya sean dirigidos por perturbados mentales como Marhuenda, por supuestos rojos que recurren a lo fácil y a lo casposo al contar su versión de los hechos o por progres que cobran 13 millones de euros y exigen que sus curritos abandonen una fiesta a la que nunca entraron).

Hablo, en definitiva, de la connotación social inherente a la palabra “política”. Por ello creo que nadie, absolutamente nadie, es apolítico. Y siguiendo ese argumento también me parece lógico, natural e incluso necesario que la política también esté presente en el deporte. Y es precisamente eso lo que, a mi juicio, hace que el fútbol (por seguir con el ejemplo) sea menos mediocre. De no ser así, se me antoja bastante lamentable ver a millones de personas insultándose por once tipos que corren detrás de una pelotita, más allá de que también soy consciente de que tampoco es justo encorsetar la palabra “fútbol” en un molde tan reducido. Siempre defenderé que hay que aprovechar la parcela pedagógica que ofrece el deporte. Y la pedagogía tiene un aspecto social claramente marcado.

Precisamente ese matiz político y social fue uno (el otro fue mi cariño por Vallekas, más allá de que no nací allí) de los motivos por los que empecé a sentir admiración por el Rayo Vallecano. Admiración que, al poco tiempo, se convirtió en fidelidad. Obviamente, no estoy diciendo que para ser del Rayo sea necesario presentar obligatoriamente un carnet ideológico determinado y que para disfrutar de un partido de fútbol haya que leer libros de Chomsky en la grada, pero durante todos estos años he aprendido que el fútbol puede ser mucho más maravilloso y emocionante si va unido a una serie de compromisos que van más allá de meter más goles que el rival (en Vallekas he experimentado derrotas que no las cambiaría por ninguna victoria en Champions).

Me emociono cuando veo que en el fondo de nuestro estadio se lucha contra la autora intelectual de las torturas en las comisarías y en las calles madrileñas. Siento rabia y asco cada vez que escucho esa peligrosa y arraigada (los periodistas carroñeros dan pie) frase hecha que viene a decir que todos los extremos son iguales, pues me enorgullezco de que, mientras el 90 % de los grupos ultras de este país utilizan el siniestro argumento de la raza y defienden lo indefendible, los ultras de mi equipo (no digo que sean santos, pero sí que a la hora de la verdad demuestran ser bastante más ejemplares que otros aficionados de bien que dan lecciones huecas de civismo desde las localidades más caras, por cierto) levantan la voz contra los desahucios y otras injusticias que deberían indignar a cualquier persona con un mínimo de sensibilidad (¿de verdad no ven la diferencia entre unos ultras y otros?). Me siento esperanzado al saber que los aledaños de nuestro estadio son los únicos en los que los hinchas de equipos vascos pueden tomarse una cerveza sin miedo a ser agredidos por neonazis.

Y si tuviéramos unos dirigentes medianamente inteligentes, el Rayo podría aprovechar todo esto y crecer (sin que ello signifique tener 60.000 abonados y un estadio lujoso, ya que tampoco concibo al estadio de Vallekas con una grada en cada fondo). También tengo claro, por supuesto, que ser del Rayo y de Vallekas no implica estar por encima del bien y del mal, ni estar libre de contradicciones y defectos. Faltaría más. De hecho, los rayistas también deberíamos hacer un poco de autocrítica: sin ir más lejos, hasta que la bacanal ultracatólica de los Ruiz-Mateos no fue alevosa, gran parte del rayismo le reía las gracias a La Familia. Es más, resulta preocupante comprobar que todavía mucha gente ignora que esa gentuza sigue gobernando en la sombra amparándose en un testaferro que provoca vergüenza ajena cada vez que abre la boca. Pero más allá de que todos los ejemplos positivos que mencioné son subjetivos y están sesgados por mi ideología, a mis 31 años soy incapaz de concebir el fútbol y el rayismo sin estos pequeños detalles que hacen único al Rayo.

Al fin y al cabo, sin esos mismos detalles, el fútbol simplemente sería una mafia gobernada por ultraderechistas como Tebas, un nido de mercenarios endiosados (y pese a ello, sin escrúpulos a la hora de borrarse) cuyo único compromiso con la camiseta que supuestamente defienden se puede resumir en 140 caracteres o con alguna frase hecha de cara a la galería. Sin política el fútbol queda reducido a un mundillo maloliente y corrompido en el que ni siquiera se tiene el detalle de guardar un minuto de silencio por la muerte de Iñigo Cabacas (asesinado por la Ertzaintza en los aledaños de un campo de fútbol) o por la del familiar de uno de los 22 jugadores que hay en el campo. Por desgracia, el compromiso social del fútbol ha quedado reducido a visitas navideñas a hospitales cuya falta de altruismo y naturalidad queda retratada a través de las cámaras allí presentes (algo así como cuando un político va a un comedor social en campaña electoral).

Hace unos días, los medios de comunicación se frotaban las manos ante el mediático conflicto del sabotaje de las luces. Además del ya habitual y vergonzoso tratamiento que le dio la prensa al asunto (señalando sin pruebas a los de siempre), me molestaron las artimañas que utilizó la directiva rayista a la hora de intentar lavarse las manos y las reacciones de algunos aficionados. La directiva, siguiendo la misma hoja de ruta que el Gobierno, utilizó el miedo como arma, soltando algunos despropósitos que dejaban claro que, una vez más, nos toman por imbéciles: que si el sabotaje había sido un acto de terrorismo, que si los aficionados habían sido víctimas del pánico, etc. En pocas palabras: se estaba criminalizando, través de la recurrente política del miedo, una protesta simbólica. Una protesta simbólica que estaba cargada de argumentos, más allá de que haya calado el chato e interesado argumento del vandalismo.

Seguramente el sabotaje no fue casual, ni una travesura, ni un gesto de vandalismo gratuito. Los socios del Rayo y muchos de sus trabajadores tenían infinidad de motivos para quejarse. Tomaduras de pelo constantes, despidos, subidas encubiertas del abono mediante la excusa de los dos  Días del Club (los cuales, en mi caso concreto, suponen un incremento del 33 % en el precio de mi abono) cuando la directiva se había comprometido a suprimirlos, ninguneos continuos,  abandono de los abonados minusválidos, etc. ¿Si la protesta hubiese sido más inocente habría tenido relevancia? Desde luego que no. Sin embargo, a través de la acción directa, se consiguió que, al menos, los responsables directos de que el Rayo sea un club gobernado por los despropósitos pasaran un poco de miedo. Como era de esperar, una buena parte de los afectados por el sabotaje (los aficionados), reaccionaron de una manera igual de mezquina y egoísta que algunos ciudadanos ante los hechos ocurridos días después en los aledaños del Congreso de los Diputados. Yo, por mi parte, no sólo no condeno dicho sabotaje, sino que desde aquí felicito a quienes lo hayan llevado a cabo.

Y es que la gente está acostumbrada a protestar, siempre y cuando dicha protesta no provoque incomodidad. Por desgracia, la mayoría de la gente es incapaz de comprender que, para cambiar las cosas, son necesarios algunos hechos incómodos. Como señalé en mi anterior artículo, demasiada gente se queda con lo anecdótico y se dedica a dar lecciones de moral a los que de verdad se mojan por cambiar las cosas. Cierto, a lo mejor no es agradable ver como se empuja a una cajera del Mercadona, pero es algo anecdótico y secundario si lo comparamos con los empujones y atropellos (no literales, pero mucho más dañinos) de los gobiernos neoliberales. Sí, es una putada llegar cinco minutos tarde al trabajo o a clase porque hay un sabotaje en el Metro de Madrid, pero eso es anecdótico comparado con los precios abusivos contra los que precisamente lucha ese mismo sabotaje. Sí, es una putada que tu sobrinito se quede sin poder ver a Cristianito en Vallekas, pero es mucho más grave que los mafiosos que manejan el fútbol y el Rayo se intenten aprovechar de los socios (los cuales han hecho considerables esfuerzos por su equipo) en plena crisis y en un barrio afectado especialmente por la misma.

Y un claro reflejo de todo esto que expongo es que gente impresentable como Hermann Tertsch (y no fue el único), mientras el Gobierno nos ESTAFA y su policía maltrata y engaña, prefiere centrarse en que por culpa de la movilización ciudadana del 25-S muchos madrileños no pudieron pasear cómodamente por el centro ese día (sí, tal cual, lo dijo literalmente). Qué fácil es desviar la atención (recurriendo nuevamente a lo anecdótico y secundario) para que lo verdaderamente importante (los motivos de la protesta) quede en el olvido. Más allá de que los contextos son diferentes y de que obviamente no pretendo equiparar una cosa (sabotaje de las luces) con otra (25-S), resultan bastante significativas las coincidencias. No hace falta ser muy listo para saber que lo de tomar el congreso no iba a ser literal. Pero,  ¿y si así fuera? ¿Qué problema habría? ¿Sería realmente preocupante? ¿No se supone que la Biblia que une a progres y a neoliberales Constitución dice que el Congreso le pertenece a los ciudadanos? No, lo verdaderamente preocupante es que un presidente del Gobierno sólo sea capaz de llegar a la conclusión de que las cifras de participación del 25-S no fueron representativas porque hubo mucha más gente que se quedó en casa.

Sería interesante que el señor Rajoy aplicara su teoría siempre y no sólo cuando las cosas se ponen feas, porque hasta donde yo sé, el día de las últimas Elecciones Generales hubo una mayoría silenciosa (casi 10 millones de personas) que no votó al PP. Pero claro, la mayoría silenciosa sólo es útil y sensata cuando se queda en casa en lugar de protestar contra el PP. Cuando la mayoría silenciosa se abstiene de votar y decide quedarse en casa porque no quiere participar en la farsa de la llamada Fiesta de la Democracia, es irresponsable y nociva. Y gran parte de la población es cómplice de todo esto poniendo en práctica esa sensibilidad selectiva que consiste en escandalizarse ante un chiste de humor negro sobre la salud de Esperanza Aguirre (posiblemente una de las políticas más perversas que ha dado este país) y hacer la vista gorda cuando esa misma señora se dedica a negarle la asistencia sanitaria a personas sin recursos.

La sensibilidad selectiva que consiste en ser empáticos con Cristina Cifuentes cuando un grupo de personas la insultan durante 15 segundos (menos mal que no es futbolista) en la calle y, a la vez, cómplices (a través del silencio) de las torturas policiales que ella misma permite desde su despacho y sin mancharse las manos. La misma sensibilidad selectiva del mundo del fútbol, que en ocasiones sólo hace acto de presencia cuando un jugador/entrenador se muere o anuncia una anomalía cardíaca. En definitiva, tal vez yo sea un bicho raro que se escandaliza más por el detonante que por el contenedor quemado, pero seguiré utilizando mi baremo subjetivo a la hora de entender la vida y el rayismo. Y seguiré sintiéndome muy cómodo llegando a Pacífico en Metro imaginando que en la siguiente parada se subirán Leandro y Tocho.

JOAQUÍN STRUMMER 

Fotografías:  Alberto Leva, Rayo Herald  y Julio. L. Zamarrón

EDITORIAL/ Carritos, malas pintas, garbanzos y RT’s…

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Hemos vuelto a dejar pasar una nueva oportunidad. Y es que, independientemente de que tengo claro que no hay que endiosar a Sánchez Gordillo (una persona de carne y hueso con sus virtudes, sus defectos y sus contradicciones, como todo el mundo), me resulta inevitable no sentirme decepcionado y asqueado al ver las reacciones de un determinado sector de la sociedad española ante la polémica surgida a raíz de la mediática acción del SAT (Sindicato Andaluz de Trabajadores). Si bien dicha actuación (consistente en robar alimentos de primera necesidad en unos grandes supermercados con el fin de donarlos a un Banco de Alimentos) puede ser analizada bajo infinidad de matices críticos, resulta frustrante comprobar cómo se está linchando al alcalde de Marinaleda, siendo criminalizado de una forma absolutamente desproporcionada y descaradamente sesgada. La acción del SAT puede tener lagunas. Si nos ponemos exquisitos también se puede criticar a Gordillo por su exceso de protagonismo, cuando él no fue el que más riesgos tomó.

Acepto incluso que se pueda decir que se encuentra en una situación privilegiada si se compara con la de otros compañeros suyos que han sido detenidos. Es cierto. Pero no es menos cierto que es su figura la que se está llevando todos los palos mediáticos. Puede que Gordillo no sea un iluminado que está por encima del bien y del mal. Pero también es cierto que la mayoría de las críticas que ha recibido (muchas de ellas elaboradas por periodistas y tertulianos que, pese a cobrar por ello, son incapaces de contrastar mínimamente las informaciones) provocaban vergüenza ajena: que si lleva un reloj de miles de euros, que si el jefe de policía de Marinaleda cobra más que Rajoy (cuando en Marinaleda no hay policía, le pese a quien le pese), que si viaja a Venezuela en primera clase en lugar de ir nadando con unos manguitos y una vez allí hospedarse debajo de un puente, que si cobra un dineral (cuando ha dicho por activa y por pasiva que de su sueldo, que ronda los 3000 euros, sólo se queda con poco más de 1000, cobrando lo mismo que un trabajador de su municipio). Sobre el ridículo que hizo el irresponsable de Toni Cantó al poner en su Twitter un fotomontaje para intentar desprestigiar la protesta no diré nada. Toni ya no me sorprende. Y a los que utilizan el argumento (por decir algo) de sus malas pintas para desprestigiarlo no les daré más protagonismo.

Más allá de todo esto, me duele enormemente que hayamos desaprovechado una ocasión inmejorable para poder sacar conclusiones que no se queden estancadas en las aguas de lo obvio. Porque no hace falta ser muy listo para saber que, ciñéndonos a la legalidad, la actuación del SAT es incorrecta. Pero sinceramente, creo que hay veces en las que la coyuntura es lo suficientemente compleja como para que la analicemos desde una perspectiva un poco más amplia que la que nos ofrece la aséptica Justicia (tan tardona e impuntual en otros casos, por cierto); es decir, intentando ir más allá del “robar está mal, y punto”. No sólo no condeno la acción del SAT y de Gordillo, sino que la aplaudo rotundamente. Al igual que desprecio con idéntica rotundidad que haya gente cuya única preocupación sea que Mercadona, sin comerlo ni beberlo (bueno, eso es discutible, pero es otro tema) ha perdido dinero con todo esto. Invito a esa gente a que, en cuanto se sequen sus forzadas lágrimas, hagan cálculos para averiguar cuánto dinero ha perdido el señor Roig (según sus fans, una especie de bondadoso Schindler valenciano dispuesto a ofrecerle un puesto de trabajo a los licenciados en apuros y, además, tener el detalle de ofrecerles vacaciones) con esta acción. Seguramente se sentirían ridículos al conocer el monto final de dicha pérdida (lo de pérdida es un decir). También los emplazo a que elijan mejor hacia quién proyectar su generosa empatía, pero eso ya es cuestión de principios. Si ese argumento se lo escuchara a Carmen Lomana, no me preocuparía. El problema es que se lo he escuchado a gente que no vive precisamente en una burbuja de lujo. ¿Alguien se cree de verdad que se trataba de un ataque diseñado para perjudicar al reponedor/cajero del Mercadona?

No menos repelente resulta escuchar a políticos del PP y del PSOE llenándose la boca con el manido comodín de “el fin no justifica los medios”. Es una pena que, cuando el fin es conseguir según qué réditos políticos, no son tan escrupulosos a la hora de utilizar medios turbios (estafar descaradamente con una campaña electoral de ciencia ficción, modificar de forma express y según conviene la hasta ahora intocable Constitución o explicar con eufemismos cómo nos van a dar por culo). Es curioso que los mismos que se jactan de que los políticos han de ser ejemplares, son los mismos que pertenecen a partidos cuyos miembros se comportan en el Congreso como si estuvieran de tapas o en el fútbol o que conducen a toda velocidad en carreteras cubanas sin puntos en el carné. Siempre digo que la demagogia (palabra recurrente cuando no se está de acuerdo con lo que dice otro) no está reñida con la verdad. Y estos días he visto cómo continuamente la gente mostraba (con razón) su enfado debido a que se estaba criminalizando excesivamente la acción del SAT, y más teniendo en cuenta un innegable agravante: en España se premian (a través de indultos, vistas gordas y trampas burocráticas) ROBOS que van más allá del simbolismo y de cifras irrisorias. ¿Cómo es posible que un hecho así provoque tanta indignación y escándalo? El hecho de que los artículos robados fueran de primera necesidad (es decir, no eran ni Ipod’s, ni Blackberry’s, ni pulpo), de que los negocios escogidos fueran grandes supermercados (es decir, no robaron en una tienda familiar de barrio cuyos dueños agonizan económicamente)  y de que fueran entregados a personas que están pasando hambre de verdad, debería aportarle a todo este asunto un matiz lo suficientemente significativo como para que se analice de una forma particular, distanciándolo de cualquier otro tipo de delito.

¿Cuál es el principal motivo por el que aplaudo esta iniciativa? Se ha lanzado un claro mensaje: hay gente que se está cansando y cuya paciencia se está agotando. ¿Qué se supone que había que hacer? ¿Organizar una batucada en las puertas del Mercadona? ¿Esperar cuatro años más para volver a jugar un ratito al juego de la democracia votando a la opción menos vomitiva? Esta gente ha tenido cojones (sí, aunque la gente se piense que sólo se demuestran emulando a Panenka en una Eurocopa). En este país se es muy injusto con quien se la juega de verdad. Exigimos que haya un cambio social, pero criminalizamos a los que se mojan y, al menos, intentan cambiar las cosas. Exigimos que a los madrileños no nos tomen el pelo con la subida de precio del Metro, pero criminalizamos a los que se la juegan y organizan un sabotaje porque por su culpa llegamos tarde a la uni. ¿Conclusión? Soy plenamente consciente de que la solución a todo esto no pasa por robar en el supermercado. Pero también soy consciente de que con este acto se consigue lanzar un mensaje a los de arriba: la paciencia tiene un límite y hay gente dispuesta a ir más allá. A Gordillo y compañía se los tachará de comunistas trasnochados, ingenuos y utópicos. Pero con esos carros de la compra lograron sacar algo tangible de esos supermercados, cosa que otros no hemos logrado con nuestros métodos. Aunque, visto lo visto, habrían sido más respetados si en lugar de sacar garbanzos hubiesen sacado retweets y estados de Facebook, que por desgracia están mejor valorados que la acción directa…

JOAQUÍN STRUMMER

Ilustración: Caloi

ARTÍCULO / Cinco meses después: Miguel Montes Neiro…

“El nombre de Miguel Montes es sinónimo de cadena perpetua encubierta”. Esta era una de las frases que más repetíamos desde Eu Libre y el Grupo de Apoyo a Miguel Montes, en los medios de comunicación. La vida de Miguel ha sido siempre un cúmulo de mala suerte. Esto, unido a que Miguel pertenece a la clase menos favorecida (es decir que no tiene dinero ni poder), supone caer en la desgracia del poder judicial. En un país como España, donde terroristas como el Sr. Aznar o cientos de políticos corruptos y banqueros (responsables de la miseria de nuestro pueblo) son totalmente impunes, ser pobre se convierte claramente en un agravante muy importante para acabar en prisión e iniciar una rueda interminable como presidiario. Generalmente las penas de castigo a los presos suelen ser bien recibidas por la sociedad. Piensa así que la ley funciona, e incluso que reinserta, cuando la verdad es que los máximos responsables de asesinatos y robos pertenecen a la clase dirigente que campa a sus anchas con total libertad. Por lo tanto, la pobreza se convierte directamente en delito y clarifica el veredicto resultante, en la medida que el preso sin recursos no puede permitirse una buena defensa o, directamente, influenciar sobre la decisión del juez.

A lo largo de la campaña por la libertad de Miguel, los medios de comunicación han jugado un papel muy importante, a veces favorable y otras no. El hecho de que se recogiera el caso de Miguel tras cada concentración que convocamos, proyectaba esta injusticia y ampliaba notoriamente el apoyo que se recibía. Pero igualmente ante el logro del primer indulto, que luego terminó siendo una burla macabra del PSOE, muchas personas creyeron a través de los medios que Miguel ya estaba en libertad, cuando no era así. Desgraciadamente, esta sociedad se fundamenta en una serie de leyes que defienden ciertos intereses creados. Así, la misma ley te puede mandar a la cárcel una década o puede ser interpretada de tal forma que seas absuelto. Como siempre, la decisión no está en qué has hecho, si no en quién lo ha hecho. Nuestro apoyo a Miguel no era porque estuviéramos en conformidad con los hechos que le llevaron a prisión. Nosotros iniciamos la campaña porque, más allá del necesario debate sobre la existencia de cárceles, el caso de Miguel era un ensañamiento cruel y vengativo de Instituciones Penitenciarias, que claramente tenía como fin acabar con la vida de Miguel.

La necesidad de crear una campaña que apoyara a la lucha en solitario que desde Granada su familia llevaba desde hace años, pasaba por la movilización en Madrid, el foco de todas las instituciones públicas más importantes. Ese fue sin duda el punto clave para el éxito de nuestra campaña. También es cierto que cuando desde Eu Libre creamos el Grupo de Apoyo a Miguel Montes e iniciamos la campaña, nos vimos en diversas y curiosas circunstancias. Una de ellas es que ¡ninguna organización libertaria o de izquierdas se sumó a las concentraciones en la calle! Por otro lado, el mundo al revés, un diputado del PP sí lo hizo a título personal. A este último se le podría achacar que lo hizo por interés, pero por la misma razón podemos decir que los primeros no lo hicieron por desinterés, porque ya nos habíamos ocupado de que conocieran el caso.

Miguel hoy en día está en libertad. Quizás porque pocas personas conozcan lo que es de primera mano una cadena perpetua, ha dejado clara su intención de luchar contra ellas. Actualmente, está impulsando la creación de una plataforma para denunciar los cientos de casos similares al suyo en nuestro país. Desde Eu Libre, una vez conseguida la libertad de Miguel, hemos seguido defendiendo la libertad de otros como siempre más allá de la especie. Seguimos realizando activismo, participando en iniciativas de luchas sociales y por la Liberación Animal, sabiendo que ley no es sinónimo de justicia.

EU

OPINIÓN/ No hay dos sin tres. Ni tonto sin bocina…

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Vale, partamos de la base de que hay que ser muy obtuso para pensar que el hecho de querer que España gane la Eurocopa (o ponerte la camiseta de la selección) te convierte automáticamente en un franquista. Es más, también podríamos hilar más fino y reconocer que incluso en el acto (a mi juicio, casposo y cutre) de colgar la banderita de España en el balcón en plena Eurocopa o Mundial puede haber matices y excepciones (pero tengo claro que, en buena parte de los casos, dicha acción esconde un innegable tufo a conservadurismo rancio). También me atrevería a decir que en época de Eurocopa y Mundial también se torna bastante cansino ese topicazo que afirma que el hecho de estar pendiente de un partido de fútbol es sinónimo de ser un retrasado mental sin ningún tipo de inquietud cultural o social. Me he cansado de escuchar eso de “mientras vosotros estáis viendo los partidos de España, la crisis sigue sin dar tregua”. Estar pendiente de tu equipo de fútbol no necesariamente te convierte en una ameba. Se podría discutir largo y tendido sobre el tema del fútbol (o mejor dicho, de lo que lo rodea, ya que el fútbol en sí es un deporte, y lo que lo enturbia es la mierda que hay a su alrededor y no su propia naturaleza), pero más allá de eso, aunque a algun@s les cueste imaginarlo, una persona puede seguir un partido de la selección española o de su equipo sin ser un borrego al que no le importan los problemas realmente importantes. Cada persona tiene derecho a evadirse como quiera, siempre y cuando sea eso, un paréntesis para tomar aire. Porque, hasta donde yo sé, mientras en los bares, discotecas y raves la gente se evade bebiendo o metiéndose cocaína los fines de semana, la prima de riesgo también sube y no veo quejas al respecto en Twitter o Facebook.

Una vez aclarado ésto, me gustaría dar una serie de argumentos (subjetivos, tampoco pretendo darle validez antropológica a mis palabras) a la hora de explicar que, al igual que la gente tiene derecho a disfrutar de La Roja, los demás también tenemos derecho a sentir ganas de vomitar por ello (y ya que estamos, me gustaría resaltar que hay muchos españoles que no se ofenden cuando pitan el himno, aunque algunos no se lo crean). Al igual que en el anterior párrafo critiqué el hecho de que se generalice tan a la ligera cuando se habla de los futboleros (en ocasiones, los aficionados al fútbol hemos tenido que “pedir perdón” por serlo) también me gustaría defender la postura de los que, por cometer la osadía de no emocionarnos y/o empalmarnos con La Roja, hemos sido criticados de alguna manera. Desde que la selección española dejó el pagafantismo y ganó la Eurocopa hace cuatro años, se ha creado un contexto bastante insoportable. Puede que sea absurdo e irracional cogerle manía a una selección por culpa de una serie de imbéciles, pero supongo que es inevitable. Al ver determinadas cosas he sentido vergüenza ajena, más allá de que he vivido diez años en un país (Argentina) cuyo nivel de imbecilidad en el apartado futbolístico alcanza cotas inimaginables y estoy acostumbrado.

Durante estas últimas semanas hubo una cosa que me llamó poderosamente la atención. El gol de penalti marcado por Sergio Ramos a lo panenka supuso un punto de inflexión en ese sentido. Fue la excusa perfecta para que la caspa española tuviera impunidad a la hora de soltar según qué cosas. Y el discurso del casposo español se basa, principalmente, en “tener los huevos grandes” y en el hecho de “ser español”. Os juro que me encantaría que alguien me explicara qué implica “ser español”. O mejor aún, qué relación hay entre el hecho de jugar bien al fútbol y el de serlo. No saber perder está feo. Pero igual de grave es no saber ganar. Y muchos españoles no saben digerir los éxitos deportivos. En ese sentido hay que resaltar la figura de una serie de personajes que, según mi criterio, tienen mucha culpa de que La Roja nos resulte antipática a algunas personas. Un claro ejemplo sería el de los los indeseables Paco González, Manu Carreño y demás escoria (si Mahatma Gandhi levantara la cabeza y los escuchara relatando los partidos de España, creo que empezaría a barajar seriamente la posibilidad de renegar de la no violencia).

Al fin y al cabo, Tomás Roncero es transparente y no oculta lo que es: un paleto español (con dos carreras, pero paleto). No va de fino, ni pretende ir de intelectual como los putos progres de Deportes Cuatro. Roncero da asco, pero soy incapaz de odiarlo, puesto que no me preocupa: lo veo y lo percibo como si fuera una especie de llavero, un souvenir de Gandía, una albondiguilla con patas, un bufón que anima una barbacoa. Son más peligrosos los otros, que pretenden dar una imagen de seriedad y profesionalidad cuando realmente se están comportando como el español más chabacano. Sentí vergüenza cuando, durante cada uno de los partidos, estos tipejos venidos a más aprovechaban para recordar continuamente (como si no se supiera), de forma prepotente, exitista y con calzador que España era la última campeona. Sentí asco ayer, cuando Paquito González celebró el gol de Jordi Alba gritando desaforadamente (desconozco si iría dopado, pero lo parecía) “¡Qué huevos tiene Jordi Alba!” (sólo le faltó eructar, decir que le repetía el bocata de panceta y darle golpes al micrófono con su minga). ¿No sería más recomendable preocuparse de estos periodistas españoles en lugar de indignarse por unos guiñoles franceses (en clave de humor, aunque a mucha gente se le olvide)? Sentí tristeza (bueno, no, realmente me causaba gracia) cada vez que las cámaras entrevistaban a algún aficionado español en Ucrania/Polonia y éstos demostraban no sentir ningún reparo a la hora de compartir con el resto de España sus taras mentales.

¿Y esa repelente manía que tienen los ya mencionados González y Carreño de llamarle Andresito y Pedrito a dos tipos millonarios con canas en sus huevos (¡joder, qué español me he sentido al escribir esta palabra!)? ¿Y qué decir del trillado y amorfo cántico de Yo soy españoooool, españoooool españoooool? ¿Quién compone el variado repertorio de la hinchada española? Pau Donés. ¿Cómo no padecer sarpullidos al escuchar aquello de “Soy español, ¿a qué quieres que te gane?” (pregunta tan absurda como peligrosa para el ego del que la lanza, ya que las posibles respuestas son bastante dolorosas y humillantes, por cierto).  Repito, soy plenamente consciente de que no deja de ser estúpido llenarse de odio por culpa de este sector de la sociedad española (de hecho no sé hasta qué punto será representativo). Pero hacen mucho ruido, son molestos y huelen mal (y no es cuestión de desodorante). ¡Ah, por cierto! Tampoco me hacen gracia los chistes de Pepe Reina. Lo siento.

JOAQUÍN STRUMMER

EDITORIAL / A.C.A.B

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Durante estos últimos días han llovido las imágenes de la vergonzosa actuación (carnicería) policial con motivo de las protestas estudiantiles de Valencia. No creo que sea necesario decir mucho al respecto, pues dichas imágenes, por desgracia, ya no sorprenden. Sin embargo, lo que sí me sorprenden son los intolerables argumentos que dan algunas personas a la hora de intentar justificar/maquillar dichas actuaciones. Y no me refiero necesariamente a las declaraciones en rueda de prensa de algunos personajes (¿qué esperar de ellos?), sino a las opiniones de algunos ciudadanos. Llega un momento en el que, visto lo visto, las correctas excusas y las invitaciones al matiz, resultan inquietantes. No necesito que nadie me ilumine para saber que dentro del gremio policial hay cierta heterogeneidad. Tampoco hace falta ser muy listo para saber que los policías son personas. Incluso muchos (¡oh!) protagonizarán algunos momentos tiernos en su vida cotidiana. Pero tampoco es necesario un Máster en Deducción para tener claro que la profesión de policía (o guardia civil o militar) no puede catalogarse como un trabajo “como otro cualquiera”. Más allá de que cada policía es un mundo (aunque en boca de sus defensores no veo ese afán por matizar cada vez que abren la boca sobre otros colectivos), tengo claro que en casos como este, la generalización adquiere unas connotaciones lícitas y sostenibles. Si alguien cree que es lo mismo generalizar con el gremio de los pescaderos (por poner un ejemplo) que hacerlo con el gremio policial y es incapaz de ver que la coyuntura es completamente diferente, lo invito a que reflexione al respecto.

Una de las justificaciones más peligrosas (pese a que suena muy correcta y comedida) que he escuchado estos días es la de la legalidad de la actuación policial. Partiendo de la premisa de que el sentido ético de la legalidad muchas veces brilla por su ausencia (mi escala de valores sobre lo que es correcto o no se rige por muchos factores, pero no necesariamente porque aparezcan reflejados en un papel legal). Cuando una persona con dos dedos de frente contempla una actuación policial como la de Valencia, no debe regirse por el protocolo, sino por el sentido común (o por el estómago, mucho más fiable en ocasiones). Puede que algunos policías hayan seguido el protocolo de actuación que le dieron sus jefes, y que “sólo cumplían con su trabajo”. Estupendo. Otra forma de verlo es que son unos hijos de puta y unos bastardos por el hecho de aceptar un trabajo cuyo protocolo de actuación da asco. Cuando uno acepta trabajar de policía (o de militar o de guardia civil), está aceptando una serie de cosas, más allá de que en tu día a día seas el padre/marido/hijo/nieto/vecino/indignado más cariñoso del mundo: estar por encima de los demás (está feo, sí, pero a grandes rasgos en eso consiste la Autoridad), independientemente de que tengas el detalle de saludar educadamente al enemigo cuando lo abordas en un control; que en caso de duda, por regla general tu versión de los hechos tenga más valor que la del otro o poder utilizar la violencia amparado en la superioridad de condiciones y en el ya mencionado y aséptico protocolo de actuación policial (¿ese protocolo también indica que hay que pegar sólo los días que te olvidaste el número de identificación en casa?). Sí, aceptar ser policía implica aceptar una serie de cosas que indefectiblemente te otorgan determinadas etiquetas que aceptas portar de forma voluntaria. Y una de ellas también es la de exponerte a que mucha gente tenga derecho a decir lo hijo de puta, animal y cafre que eres en según qué situaciones (sí, lo digo por los lumbreras que se piensan que este vídeo es revelador y le quita un ápice de gravedad a la actuación policial).

Tampoco me parece menos grave la facilidad y superficialidad con la que se recurre el argumento de los disturbios para quitarle valor a las protestas (esto ya es una reflexión general que va más allá de La primavera valenciana). Tengo claro que en todos lados hay personas que utilizan los disturbios de forma gratuita y no como justificada respuesta ante un abuso/atropello. Pero también tengo claro que, por lo general, cuando se llega a esos extremos, suele ser por algo. En situaciones normales la gente no se dedica a destrozar ciudades porque sí. Cuando la gente destroza ciudades o simplemente responde a las agresiones de forma global, suele ser porque ha habido un desencadenante. De todas formas, llama poderosamente la atención que algunas personas se preocupen más por la integridad del mobiliario urbano que por las brechas en cabezas humanas. En el caso de Valencia, hasta donde yo sé, todo empezó con medidas pacíficas a las que la policía (y su superior) respondió sin estar a la altura, por más que desde algunos sectores nos intenten convencer de que los antidisturbios escuchan a Canteca de Macao mientras hacen yoga y reiki en las lecheras durante el trayecto comisaría-concentración. Otro de los argumentos utilizados para defender la actuación policial fue la de presumir de que al día siguiente de las agresiones policiales más mediáticas no hubo incidentes. Como si hubiera que darles las gracias por ello, cuando evidentemente esa artificial tranquilidad policial era consecuencia única y exclusivamente del miedo a quedar nuevamente expuestos ante la opinión pública. ¿Qué será lo siguiente? ¿Darle una medalla a los maridos maltratadores que decidan tener el detalle de no pegarle a su mujeres durante un par de días hasta que se tranquilice la cosa y ellas retiren la denuncia? Con qué poco nos conformamos…

JOAQUÍN STRUMMER

EDITORIAL / En mi llanto mando yo

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Es evidente que vivimos en un país en el que ir un poco más allá de lo que dicta el guión del pensamiento único es patrimonio de una minoría. Es más, ya no me sorprende que en España haya que pasar por la Aduana de dicho pensamiento único antes de expresar/cantar según qué cosas. Me provoca asco y rabia, pero no me sorprende. Obviamente, que no me sorprenda no significa que acepte, bajo ningún concepto, que a día de hoy se sigan persiguiendo ideas cuyo único pecado ha sido  no aceptar ponerse el traje del bienpensante a cualquier precio. Su Ta Gar, Berri Txarrak, Banda Bassotti, Soziedad Alkohólika (con el indignante agravante de que además tuvieron que soportar un sonado y mediático juicio, del que hubo una sentencia a su favor) o Albert Plá son algunos ejemplos de artistas que han tenido (y todavía tienen, en algunos casos) que sortear bastantes obstáculos para poder tocar en según qué puntos del Estado. En estos últimos meses ha habido nuevos casos de censura que han fructificado (otros, como el de UpyD contra Soziedad Alkohólika, han fracasado). El rapero catalán Pablo Hasel fue detenido en Octubre por apología del terrorismo. Los Chikos del Maíz llevan tiempo en el ojo del huracán, siendo la reciente cancelación de su concierto en Burgos una de las últimas hazañas de la casposa censura. Y si nos salimos del apartado musical, no menos preocupante  y vergonzosa fue la también reciente suspensión de la charla sobre el Proceso de Paz en Euskadi que había organizado Yesca en Salamanca y en la que iban a participar Jone Goirizelaia, Doris Benegas y Haizea Ziluaga.

El poco fiable y discutible baremo de la susceptibilidad de un amplio sector de la sociedad española y de su clase política (lo cual es más grave, si cabe) hace posible que con muy poquito un grupo/colectivo sea criminalizado (basta con decir, por ejemplo, que estás a favor del acercamiento de presos a Euskadi) y desplazado. Ya es de por sí curioso. Pero hay algo todavía más llamativo. Y es que esos mismos analistas compulsivos de las letras de Hasel y LCDM (por ceñirnos a dos ejemplos recientes) no son tan correctos, meticulosos y cuidadosos a la hora de abrir la boquita y difamar con total impunidad. Pero claro, por lo visto, el valor ofensivo de las palabras depende únicamente de quién las utiliza, y no de su contenido. Tachar a alguien de “etarra” sin pruebas y a la ligera (por si las moscas, oiga) no sólo no está mal visto, sino que además sirve para ganar puntos de cara a la galería del buen español: al que lo hace se lo suele aplaudir bajo el grito unánime de “¡sí señor, con dos huevos!”. Luego están los imbéciles de turno que no dudan en afirmar que siempre viene bien un poco de publicidad gratuita y que estos artistas deberían darle las gracias a sus simpáticos enemigos por darlos a conocer. En el caso de Soziedad Alkohólika esa teoría suena absurda, puesto que llevan años y años llenando recintos de todo el Estado (e incluso de otros continentes).

Pero vale, traslademos ese punto de vista al caso concreto de Hasel, un joven rapero que, a diferencia de Soziedad Alkohólika, no es tan conocido. Por lo visto, debe ser muy agradable que unos policías se cuelen en tu casa de Lleida y te suelten una frase que deja claro que saben incluso a qué hora saca tu madre al perro. Debe ser estupendo que se pasen por el forro tu derecho a la privacidad/intimidad, hurguen en tus cosas y te lleven a un calabozo de Madrid. Suena estimulante que de un día para otro media España, creyéndose ciegamente la aséptica y sesgada versión de los medios de comunicación (incluídos La Sexta y Público), te etiquete como el enemigo público número uno mientras los verdaderos enemigos del pueblo se descojonaban en sus (putas) casas (de verdad). También se me antoja la mar de gratificante intentar vivir dignamente de la música y no sólo tener que luchar contra los conocidos obstáculos a los que ya de por sí se enfrenta cualquier autor, sino depender también de los caprichos de unos miserables que, con la connivencia de la opinión pública, deciden cuáles son las ciudades a las que no puedes ir a tocar.

Lo peor de todo es que la gente pasa por alto otro dato que me resulta fundamental. Y es que detrás de toda esta censura se nos envía un peligroso mensaje subliminal: nosotros, los oyentes, somos retrasados mentales. Carecemos de personalidad. Somos incapaces de decidir por nosotros mismos y de canalizar de forma apropiada las letras de Hasel, LCDM y Soziedad Alkohólika. Tampoco estamos preparados para escuchar lo que nos quieren transmitir Jone Goirizelaia, Doris Benegas y Haizea Ziluaga en la charla de Salamanca. Es por eso que nuestros salvadores se han tomado la libertad de decidir (por nuestro bien, claro) que lo mejor es que sólo escuchemos su versión… ¡no sea que estemos de acuerdo con los malos (Hasel, Soziedad Alkohólika o Berri Txarrak)  o que las letras de LCDM (cargadas de  un recurrente e inteligente humor negro) nos causen gracia!

No, no necesito que PP o UpyD decidan si puedo o no puedo ir a un concierto de LCDM o de Pablo Hasel. Al igual que no necesito una sentencia favorable del juez Garzón para tener claro que hay que tener unas taras mentales considerables para estar a favor de la  insostenible persecución a Soziedad Alkohólika. El caso de la charla censurada en Salamanca fue esperpéntico. Esperpéntico porque dicho boicot fue promovido por asociacioness de ultraderecha (las manos limpias se demuestran con hechos, no con siglas) y por el SUP (Sindicato Unificado de Policía) de Salamanca, que en un repentino antojo pedagógico y sociológico, emitió un comunicado que daba vergüenza ajena. Este sindicato alegaba en dicho comunicado que se oponía a la charla, argumentando (es un decir) que ETA no había abandonado las armas ni tampoco había pedido perdón a las víctimas.

Bien. Llegados a este punto me pregunto algunas cosas: 1) ¿Son adivinos y sabían de antemano en qué iban a consistir las ponencias de las invitadas para afirmar que su contenido sería inapropiado? 2) ¿Las invitadas iban a contar chistes sobre Irene Villa y a mofarse de las demás víctimas de ETA? ¿O tal vez iban a dar lecciones prácticas sobre cómo utilizar metralletas y estos buenos policías querían ahorrarnos el mal trago? 3) ¿Cuando el SUP hablaba de abandonar las armas se estaba refiriendo a las mismas armas con las que ellos trabajan a diario? No sé cómo irá el tema en Salamanca, pero supongo que al igual que en el resto del mundo, el uso de las armas es una de las principales señas identificativas del gremio policial. Tal vez las armas de los policías salmantinos disparan claveles y/o pétalos de rosa. No lo sé. Lo que parece claro es que, si los miembros del SUP están tan interesados en arreglar el mundo y dar clases de ética, podrían haber elegido otra profesión (a ser posible una en la que la represión, la continua falta de respeto, el abuso de poder y el uso de las armas no sean algunas de sus herramientas). Para algunos estas preguntas serán demagógicas. Puede que tengan razón. Pero la demagogia no siempre es incompatible con la verdad.


Sí, independientemente de que no deja de ser un partido político (lo que me incita a tomar casi de forma instintiva ciertas distancias y a desconfiar) a día de hoy siento mucha más simpatía por Amaiur que por partidos como PP, PSOE o UpyD. Puede que me resulte más interesante escuchar a Arnaldo Otegi que escuchar a la mayoría de los miembros de esos partidos “de bien”. También me pregunto si los que lo criminalizan lo hacen con conocimiento de causa habiéndose informado mínimamente o si sólo se basan en la profunda y elaborada entrevista que le hizo el sobrevalorado Follonero (que un tipo así sea el gurú de la izquierda española resulta significativo). Es verdad que también considero que su encarcelación fue, en su momento, un claro reflejo de que la justicia española maneja a su antojo a según qué personas, como si fueran juguetitos de quita y pon.  Soy de los que se desesperaban cuando veía que la gente era incapaz de entender que, le pesara a quien le pesara, De Juana había cumplido su condena con los recortes que estipulaba la Ley (esto no lo digo yo, lo dijo la Justicia, tan respetada en otras situaciones). Me resultaba llamativo que la gente no entendiera algo tan sencillo como esto: el hecho de que la condena fuera justa o injusta era otro tema, más relacionado con interpretaciones personales.

En ese sentido tampoco estaría de más que las personas que afirman tan a la ligera que pasar más de 20 años en prisión  (independientemente de cual sea tu delito) “no es nada” reflexionaran un poco acerca del valor del tiempo y se lo hicieran mirar. También me parece oportuno recordar que parte de la condena a De Juana fue por escribir dos artículos en prensa y no por asesinatos (muchas de las personas que escupían bilis con su caso ni siquiera conocían este dato). Reconozco, por otra parte, que no soporto el papel de la AVT, que pretende exprimir su rol de víctima hasta límites insospechados con tal de obtener réditos carentes de ética y comportándose de forma casi mafiosa. El hecho de ser una víctima  del terrorismo (o familiar de víctima) te da derecho, sin duda, a sentir más odio y rabia, pero jamás te puede otorgar el derecho a decidir según qué cosas ni a autoproclamarte árbitro del conflicto.

Tampoco niego que me repatea ese empeño cabezón y obstinado de tantas personas que, en un claro intento de quedar por encima del otro y eternizar este bucle, no son capaces de ver más allá de la frase “condeno la violencia”; frase que, por otra parte, se ha convertido en la mejor excusa para no avanzar (ya no basta con condenar la violencia de ETA, sino que además hay que redactar la frase de condena siguiendo el libro de estilo del centro-derecha y utilizando un bolígrafo determinado, porque  si no se siguen esas pautas carece de validez). También me opongo a que desde arriba me digan cuándo tengo que llorar, cuándo tengo que sonreir y aplaudir, qué violencia tengo que condenar y qué violencia debo consentir. Condenar la violencia (sea del tipo que sea, aunque a muchos se les olvide este matiz) es una opción, no una obligación. Si fuera una obligación, las cárceles estarían abarrotadas de personas que, a día de hoy, son consideradas como ejemplares. Tampoco consiento que me digan cómo tengo que hacerlo. Supongo que la forma estándar sería cantando esto y gritando que Willy Toledo es un cabrón. De lo contrario entraría en la lista de sospechosos. Entre PP, PSOE, UpyD y demás lameculos de lo políticamente correcto han logrado adueñarse de un concepto (el de condenar la violencia), otorgándole un tufillo que da grima y convirtiéndolo en una pose oportunista, forzada, metida con calzador, poco creíble y carente de cualquier connotación loable o bienintencionada.

Jamás entenderé a las personas que se escandalizan ante la ambigüedad de la izquierda abertzale a la hora de condenar tajantemente a ETA y que, sin embargo, no sientan sarpullidos ante la ambigüedad del PP cada vez que se le pide que condene el franquismo o ante la del PSOE cuando se le insta a hacer lo propio con el GAL. Me entran ganas de vomitar cada vez que recuerdo a Zapatero aplaudiendo algunos crímenes de Estado (eso sí, con talante). Me cabrea ver que los mismos que me intentan convencer de que todas las víctimas se merecen mi llanto indiscriminado, son los mismos hijos de puta que no se cortan a la hora de decir que Carlos Palomino “se buscó” su muerte. Hubo otro hecho que, a mi juicio, marcó otro punto de inflexión en esta guerra absurda entre supuestos buenos (PP, PSOE, UPyD y demás partidos) y supuestos malos (los que nos alejamos de ese discurso único). En 2008 el director Jaime Rosales estrenó su película Tiro en la cabeza, la cual reconstruía el asesinato de dos guardias civiles españoles en Capbreton (Francia) a manos de ETA. No fueron pocos los que alzaron la voz contra la película alegando que Rosales “humanizaba” al etarra y se posicionaba en favor de éste. El principal defecto de ese argumento crítico es, básicamente, que en la película no había diálogos (o sí, pero premeditadamente no se escuchaban, precisamente para no condicionar al espectador).

Sí, la película mostraba al etarra en su vida cotidiana (caminando, tomándose una caña o follando), al igual que lo mostraba asesinando. Y también exponía el lado humano de los guardias civiles antes de ser asesinados. La existencia de estas caprichosas y retorcidas críticas me pareció una muestra definitiva e inequívoca de que la paranoia de algunos ya roza lo patológico. A mí, desde luego, me pareció una película absolutamente neutral. Aunque, por otra parte, que yo sepa, un cineasta no está obligado a serlo (que se lo digan al director de la película 23-F, bodrio en el cual sólo faltó una escena en la que el campechano Rey Juan Carlos apareciera  en el jardín de La Zarzuela curándole la patita a un pobre gatito que se encontró atropellado en la carretera cuando venía de cazar pasear con sus hijos). De todos modos el mensaje parece claro: humanizar a algunos es peligroso, porque al estúpido espectador a lo mejor le da por pensar. Pero poner musiquita emotiva (de piano, si puede ser) en el minuto de silencio/homenaje por la muerte de un guardia civil/soldado y recordarnos que el héroe de la patria en cuestión tenía mujer, hijos y le gustaba jugar con su perro, está bien. ¡Eso no es condicionarnos! Temerosos censores: entre seguir vuestro prefabricado, sobreactuado y falso protocolo antiterrorista y salir a celebrar el asesinato de un guardia civil tocando el claxon  por las calles hasta altas horas de la madrugada, hay un término medio. ¿Serán tan amables de dejarme elegir?

Que se siga exigiendo la condena a ETA (o movimiento vasco de liberación, según le convenga al vigoréxico repelente) después de que la banda haya declarado una tregua definitiva demuestra claramente dos cosas: 1) Vivimos en un país de subnormales aborregados que, en lugar de alegrarse con la noticia, se amargan porque no han entregado las armas. ¿Qué esperaban? ¿Un comunicado de ETA que incluyera un show de magia en el que las armas se convertían en palomas de la paz mientras de fondo sonaba el Imagine de Lennon? 2) Esa amargura no es honesta ni altruísta. Seamos claros: hay much@s demócratas (hola, Rosa) cuya burbuja a día de hoy se sigue alimentando de ETA. Y no, no me refiero a Amaiur. Me refiero a partidos a los que no les afecta el derecho de admisión y pueden entrar a la aparentemente reluciente discoteca del Congreso (cuyas goteras, que van más allá de la discutible Ley Electoral, no se solucionarían con el “una persona, un voto”) sin que el gorila de la puerta los mire de arriba a abajo perdonándoles la vida.

JOAQUÍN STRUMMER

Ilustraciones: Tasio

EDITORIAL / ¿6 de Diciembre? ¡Fiejjjta!

Hoy es un día de fiesta. Según manda el protocolo del bienpensante, hoy (6 de Diciembre) hay que celebrar por cojones (argumento muy español) el Día de la Constitución. Sí, nos referimos a esa respetada señora a la que ni PP ni PSOE se atreven a meter mano, salvo cuando les entra el calentón repentino y deciden violarla conjuntamente (con el consentimiento del patriarca del ojo morado) de forma astuta (es decir, sin avisarle a nadie para que el ménage à trois no pueda ser boicoteado) en el descampado de la hipocresía, de la doble moral y del cinismo. ¡Fiejjjta!

Desde ED queremos ir un poquito más allá y lanzamos una pregunta pícara:  ¿l@s que se ponen cachond@s al celebrar este día serán condenados por apología del conformismo, de la rigidez mental y del estancamiento moral? Suponemos que no, puesto que los jueces (tanto los que llevan toga como los que dictan sentencia desde la barra del bar después de haber leído el ABC) se centran en otros temas verdaderamente graves. Es más, estoy seguro de que si yo decidiera montar una banda con un amigo llamada Los Chikos que amamos el 6 de Diciembre, no sólo podríamos tocar en Burgos sin problema alguno, sino que además nos pondrían canapés de salmón y varios pollos de farlopa camuflados en suculentas morcillas. ¡Fiejjjta!

Y no, no se trata de hacer demagogia barata. Simplemente me estoy poniendo a la altura de l@s que, en nombre de la teórica libertad, son incapaces de ver un poquito más allá de unas sobrevaloradas páginas que, en lugar de ser un mero punto de partida, se han convertido en un inflexible y casposo dogma, en una puta burbuja de protocolo barato cuyo único mérito es haber sabido exornar palabras que con el tiempo demostraron estar huecas y edulcoradas. ¡Fiejjjta!

JOAQUÍN STRUMMER

Ilustración: Tasio

ARTÍCULO / Divagando en el extranjero…

Por Claudia de Bartolomé 

Hace ya casi dos meses que vivo en otro país; parecido, pero distinto. Como si de dos universos de Fringe se tratase. Dicen que un@ no valora lo suficiente su patria hasta que vive fuera. Pues bien, no sé si es porque vivo en un país cuyo idioma y manera de vivir se asemeja al estilo de vida español, pero en mi caso no se cumple el requisito. No echo de menos el botaratismo al que por naturaleza se ve sometido una persona nacida en España, ni me siento más patriota al levantarme cada día escuchando otro idioma. No voy a comparar el país donde resido actualmente con el mío, pero sólo diré que siento vergüenza. Desde fuera, nuestros medios de comunicación aún se ven más irrisorios, nuestras costumbres más obsoletas y nuestra manera de pensar, escondida tras la doble moralidad que otorgan las falsas apariencias, me causa estupor. No criticaré el resultado electoral pese a que soy incapaz de entender cómo en un país en el que presumimos de ser obreros arrasan quienes miran por su interés económico personal abogando que es por el bien de la ciudadanía. Pero tampoco entiendo cómo quienes han de mirar por el bienestar de todo el mundo, pero en especial de las personas más desamparadas, acaben llevando a un Estado a la total ruina bajo la bandera de la izquierda.

Esa mezquindad tiene nombre: bipartidismo. Y mientras en España sigamos votando para castigar y no por convicción seremos todos y todas igual de mezquinos que nuestros políticos. Ellos, por pensar que pueden manejarnos gracias a una ley electoral que perjudica al libre albedrío; y nosotros por creernos que España profesa una Democracia que nunca ha existido. Nos esperan cuatro años de incertidumbre. Quizás no económica, pero sí social. Por lo pronto, desde mi exilio, espero que todas las personas que han votado esperando que el cambio que España necesita se lleve a cabo con el nuevo gobierno sean conscientes de que dicho cambio no es, tal vez, el que anhelaban. No citaré textualmente a Rubianes por no escandalizar a nadie, pero, como él, estoy harta de la unidad de España. Quizás cuando en España se respete la diversidad cultural y aprendamos que el voto es un derecho y un deber de cada individuo que no debe tomarse a la ligera me sienta orgullosa del país donde nací. Mientras tanto, seguimos pareciendo incluso más paletos de lo que somos en el extranjero.

* Nacida en tierras gallegas un 14 de Julio de 1984, Claudia es una periodista vocacional e Historiadora del Arte que actualmente reside en Italia después de haber pasado gran parte de su vida en su querida Barcelona. Podéis leer más artículos suyos en el blog  Miss Laine al habla.

Ilustración: El Roto

EDITORIAL / Enhorabuena, hij@s de puta…

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“Ha ganado la democracia”. “Hemos ganado los buenos ciudadanos, los ciudadanos ejemplares, frente a los antisistema”. Hay que hablar en las urnas”. Son tan sólo tres ejemplos de las vomitivas  frases que nos tocaron leer y escuchar el pasado 20-N. Como buenas frases procedentes del manual protocolario del buen demócrata (independientemente de su color), están cargadas de unas connotaciones ofensivas e insultantes. Subliminales y maquilladas, pero ofensivas e insultantes al fin y al cabo. La democracia, tal y como está enfocada (no hace falta ser un lince para darse cuenta de ello, basta con analizar por encima la surrealista Ley Electoral, diseñada para favorecer a los dos de siempre, por más que se diga que los únicos beneficiados son los nacionalistas), es una auténtica estafa. Una mentira. Un teatro en el que se programa una obra de mal gusto. He votado en más de una ocasión y hace años era uno más de esa larga lista de personas que recurren al fatídico topicazo de “si no votas no te puedes quejar”. Topicazo dañino, absolutamente superficial y peligroso que se repite de carrerilla como quien repite la tabla de multiplicar de memoria. Se me antoja de mal gusto decir que ha ganado la democracia cuando hemos sido casi 10 millones de personas las que, voluntariamente, no hemos votado. Sí, es cierto, de esos casi diez millones de personas habrá ejemplos de simple dejadez y pasotismo. Pero tan cierto es eso como que un altísimo porcentaje de las personas que votaron lo hicieron desde la más pura desinformación y desde la más peligrosa inercia democrática. Esa inercia que permite que se vea como un apestado a quien intenta ir un poco más allá del protocolo cuando éste es una tomadura de pelo. Ese puto protocolo que invita a poner cara de sorpresa y a llevarse las manos a la cabeza utilizando el término antisistema de forma peyorativa, cuando cualquier persona con dos dedos de frente debería ser consciente de que lo rarito, hoy en día, debería ser declararse  defensor de este sistema.

Aunque, pensándolo bien, en una cosa sí estoy de acuerdo: el 20-N fue la Fiesta de la Democracia. O, mejor dicho, la Nochevieja de la Democracia. Las veces que he ido a votar siempre me llamó la atención ese falso buenrollismo entre los representantes de los diferentes partidos en los colegios electorales (en algunos de Madrid, por cierto, hubo comportamientos dignos de un portero de discoteca fiel al derecho de admisión). Esas sonrisas falsas que vienen a decir algo así como “hoy vamos a llevarnos bien, aunque ayer nos tirábamos mierda sin la más mínima muestra de empatía y mañana haremos lo mismo”. En definitiva, un comportamiento tan falso como el de Nochevieja, cuando ves a alguien al que nunca saludas porque te da asco y, sin embargo, ese día le das dos besos. Es preocupante que, en pleno siglo XXI, la palabra compromiso se limite simplemente al mero acto de meter un papelito en una urna. Al igual que es lamentable que, cuando se habla de abstencionismo, automáticamente vaya unido a la peyorativa y manipulada  imagen de un joven pasota  tirado en el parque fumando porros. Detrás de una abstención puede haber muchísima más reflexión, sensatez o coherencia de la que hay detrás de una persona que ha decidido (a ojo) meter en la dichosa urna el nombre de cualquier incompetente del que apenas ha leído nada. Pero por lo visto basta con votar y punto, aunque luego estés cuatro años sin reflexionar lo más mínimo pese a que los mismos a los que les has dado tu confianza te  la clavan una y otra vez.

Lo siento, pero no soy capaz de entender que haya tanta gente que vote al PP. Y ya no es que me asuste que tengan millones y millones de votantes;  el hecho de encontrarme a una persona que lo haga ya me provoca cierto temor.  Lo siento, pero no logro ser tolerante con los intolerantes de guante blanco. Con esos que, detrás de declaraciones y afirmaciones maquilladas con falso y hueco respeto, se dan el lujo de dar lecciones de convivencia. No, no hace falta llevar la bandera con el aguilucho para ser reaccionario. Basta con ser cómplice de partidos que, detrás de ese convincente (para algunos) perfume democrático, desprenden un insoportable tufillo a trasnochado despotismo. Sí, me refiero a esos ejemplares ciudadanos que sacan pecho de su victoria jactándose de que “el pueblo español ha hablado” pero que, ¡oh, sorpresa!, no son capaces de respetar que el juego democrático (al que tanto le chupan la polla cuando les da la razón) dicte que el pueblo vasco, democráticamente, ha decidido darle siete escaños a la izquierda abertzale. Paradojas del circo democrático, los que se ofenden y sorprenden cuando son tachados de fachas por votar a un partido que no condena el Franquismo (su amnesia es selectiva, por lo visto), son los mismos que no titubean a la hora de afirmar que ETA ha logrado siete escaños.

Sí, votar al PP está mal visto en España. Claro. Pero no estaría de más que esos mismos votantes reflexionaran e hicieran autocrítica. A lo mejor, si está mal visto, es por algo. Tampoco logro entender cómo es posible que siga habiendo millones de personas que hayan votado a Rubalcaba, más allá de su falsa careta progresista, de su innegable carisma y del miedo (lógico, por otra parte) a la rancia y casposa derecha española. Votar al PSOE después de lo que ha hecho en los últimos años también se me antoja poco ético. Aunque, para poco ético, intentar arañar votos utilizando fotos no ya de dudosa espontaneidad, sino de insultante caradurismo.


Cuando un debate electoral en televisión se convierte en cómico, es señal de que estamos muy jodidos. Lo que vieron nuestros ojos y padecieron nuestros estómagos esa noche fue de vergüenza ajena. Una muestra más de que nos toman por imbéciles. Por momentos parecían malotes de discoteca; sólo les faltó sacarse las pollas y ponerlas encima de la mesa para ver quién la tenía más larga. Por momentos parecían simplemente tarados.  Lo de los gráficos comparativos de diferentes colores (por desgracia nunca podremos comprobar si eran verídicos o si se los habían robado a los economistas que llevan los índices de venta de Hacendado y DIA) ya fue el insulto definitivo a nuestra ya de por sí maltratada capacidad intelectual. El problema es que la solución al bipartidismo tampoco se vislumbra con optimismo. Soy incapaz de estar de acuerdo con alguien que idolatra a una tipa como la populista Rosa Díez, líder de un partido que aspira a ser alternativa a PP y PSOE presentando de candidato a un actor haciendo el ridículo intentando rapear (a su lado DJ Kun parece Kase.O). UPyD no es más que otro partido de derechas, con la novedad de que va de moderno. Repito, estamos jodidos, independientemente de que, a mi juicio, haya honrosas excepciones dentro del espantoso circo de la política española más mediática. Por poner un ejemplo, quizá metería en ese saco  (y no del todo convencido) a Llamazares; me parece un político medianamente potable y sensato, más allá de que IU, de no ser por el fracaso del PSOE, no habría conseguido nada debido a las visibles grietas que hay en su techo desde que Anguita se marchara y a su incapacidad a la hora de sacarle provecho a la coyuntura actual.

Resulta curioso comprobar cómo desde la fanfarrona derecha se mofan al ver cómo algunos enfatizamos la importancia de interpretar como una catástrofe  que un partido como el PP y alguien como Mariano Rajoy (recordemos que a este buen hombre las urnas ya le hicieron dos cobras previamente) gobiernen un país. Lo reconozco, al ver la celebración de Génova se apoderó de mí un inquietante (pero inofensivo, no se asusten) instinto homicida. Sí, soy de esos paranoicos que desconfían de un partido en el que se le da cabida a  tipejos a los que sólo les falta ir al Congreso con un palillo entre los dientes.  Sí, soy de esos que se preocupan cuando gana las elecciones un partido cuyo único argumento electoral es que el PSOE lo ha hecho escandalosamente mal (lo cual es verdad). Sí, me preocupa que me gobierne un partido que tiene un peculiar, dudoso y superficial concepto de la palabra libertad, limitándola al mero hecho de tomarse una copa de vino antes de conducir o de poder fumar en los bares mientras en TVE ya se pueden ver corridas de toros. No estaría de más que comenzaran a darle utilidad a la palabra libertad para cosas más trascendentales. No, no me preocupan Intereconomía y sus trastornados tertulianos; me preocupa que la mayoría de los votantes del PP (por más que finjan los contrario) se sienten identificados con ellos. Sí, me preocupa que en las elecciones arrase un partido cuya líder en Catalunya no ha sido inhabilitada, pese a que una campaña suya incluía un vídeojuego que consitía en dispararle a los inmigrantes ilegales con el fin de eliminarlos. Y sí, me preocupa que el ganador de las elecciones diga desde el balcón presidencial que va a gobernar para todos, sin marginar a nadie y que, al día siguiente, en un ataque de bipolaridad gaviotil, lo primero que diga es que no va a hablar con Amaiur.

Desde luego, habría sido indignante que el PSOE saliera ileso del 20-N. Una victoria socialista también habría sido motivo de úlcera, pero para ganar unas elecciones no debería ser suficiente que los anteriores la hayan cagado estrepitosamente. No logro entender cómo los votantes del PP no han sentido el más mínimo reparo a la hora de votar religiosamente a un partido cuyos máximos responsables consideran un capricho y una osadía que los ciudadanos les exijan una explicación convincente (¡o al menos una explicación, a secas!) acerca de qué coño van a hacer con el curioso marrón que han heredado (con mucho gusto). Y se me ocurren un montón de argumentos más, pero como decían Berri Txarrak en su canción Libre©, me los callaré en nombre de la democracia…

JOAQUÍN STRUMMER

Ilustración: El Roto

EDITORIAL / La maté porque era mía

Por Joaquín Strummer

Sí, las grandes compañías discográficas se merecen sufrir esta agonía (y al loro también con alguna que otra independiente). Sí, los 40 Principales se merecen un toque de atención moral por equiparar canciones con churros (ojo, también habría que analizar con lupa a algunos periodistas “del rock”). Sí, está claro que desde que existe internet se han perdido sanas costumbres musicales como empollarnos libretos y ser conscientes de lo mucho que cuesta grabar un disco, y no sólo desde el punto de vista económico. Sí, a día de hoy no hay bandas estatales capaces de hacer olvidar del todo a grupos como Leño, Platero, Extremoduro, Reincidentes, S.A, Boikot,  Los Suaves o Barricada. Y sí, OT es algo esperpéntico. Hasta ahí llega el manido y estándar (y no por ello carente de valor) discurso de la crisis musical. Aun así creo que sería injusto no ir un poco más allá de lo obvio. Y es ahí cuando deberíamos plantearnos lo siguiente: ¿El fan no tiene parte de responsabilidad? Desde mi punto de vista, sí. Al fin y al cabo, que lo haga un ejecutivo engominado y sin escrúpulos, no debería sorprendernos; pero que lo haga alguien que dice amar la música ya resulta más decepcionante.

Una de las actitudes más dañinas y repetidas es la del fan que trata a su banda favorita comportándose como el típico novio/marido celoso y protector hasta límites insanos. Sí, de esos que, si por ellos fuera, sacarían a pasear a su pareja con una correa para que no se escape. A riesgo de ser apaleado, lo diré: la figura del fan está sobrevalorada. Me explico. Me refiero a esos fans que son incapaces de asumir con madurez que un grupo no tiene por qué pedirle permiso cada vez que compone una canción (tan lícito es repetirse como querer innovar). Esos fans que se llenan la boca utilizando gratuitamente términos como “vendido” cada vez que su banda da un pasito más en su evolución, ignorando que sacar determinado disco que no te sale de dentro, única y exclusivamente para que tus fans estén contentos, también es de vendido. En definitiva, fans que presumen de tener una visión romántica de la música pero que a la hora de la verdad son incapaces de escapar de una perspectiva absolutamente encorsetada de la misma. Los fans son importantes para la supervivencia de una banda, no cabe duda, pero no hay que contentarlos a cualquier precio, ni lamerles el culo obligatoriamente, ni ceder a su chantaje. La opinión de los seguidores es un termómetro útil, pero no infalible. Tan importante para la salud mental de una banda es tener libertad a la hora de componer como no entrar en los foros musicales, porque las perlas que se leen en algunos podrían competir dignamente con las de cualquier programa del corazón en el que se despelleja como norma.

Desconozco cómo será en otros países,  lo que sí sé es que en España seguimos dando lecciones de paletismo y de cómo tirar piedras contra nuestro propio tejado. Bueno, llamémoslo tirar piedras o llamémoslo gilipollez extrema patrocinada por frases como “ese grupo ya no compone con el alma”, “ya no son auténticos, tocan en La Riviera, molaban más cuando tocaban en Siroco” o “esa canción es comercial, se ve que ahora solo quieren gustarle a las niñas”. ¿Tan difícil es comprender que términos como comercial y mediocre no tienen por qué ser necesariamente inherentes? Vivimos en un país donde mucha gente pide a gritos respeto por la profesión de músico, pero es precisamente esa misma gente la que, en un ejercicio de hipocresía y doble moral alarmante, no termina de asumir del todo que el músico de rock también tiene derecho a cobrar por lo que hace. Gente que incluso mira con recelo y le acaba dando la espalda al músico que reconoce abiertamente querer ganar dinero dignamente con sus canciones. Vivimos en un país en el que la gente se queja de que el rock, al igual que cualquier otro género que se salga del circuito más mediático, es algo minoritario. Pero paradójicamente también se criminaliza al grupo que logra traspasar con esfuerzo la a veces sectaria frontera de lo minoritario: que se lo digan a Pereza. Os aseguro que es preocupante la ignorancia y la desinformación que hay detrás de los topicazos que se utilizan para desprestigiarlos. Y de ello pueden dar fe Los Porretas, puesto que no han sido pocas las críticas que han recibido por contar con ellos en su fantástico  20 y serenos. En este sentido hay ejemplos de muchos colores, ya que es algo que va más allá de gustos y preferencias: es curioso que a Ska-P se los critique ahora y no cuando salió El Vals del obrero, posiblemente el disco más comercial de la banda; las críticas que han recaído sobre Fito tras abandonar el (exitoso, no lo olvidemos) barco de Platero me parecen excesivas y desorbitadas, pese a que lo que hace con Fitipaldis no me emociona en absoluto;  si hablamos de M Clan vemos que hay muchísima gente que, al seguir centrada en escupir bilis contra la prescindible Carolina, se ha perdido su impresionante último disco, una maravillosa mezcla de rock y soul; tenemos el ejemplo de Leo Jiménez, cuyos detractores son una clara muestra de que la envidia no es patrimonio único y exclusivo de las mujeres ; y Hamlet o los propios Habeas Corpus prácticamente tuvieron que pedir perdón por haber sacado dos discazos como Syberia y O todo, o nada, respectivamente.

Al principio de este artículo comentaba que hoy en día no han surgido grupos capaces de igualar a bandas históricas, más allá de que haya ejemplos aislados como Marea y, en menor medida, La Fuga. Pero tan cierto como eso es que mucha de la gente que se queja de que la escena emergente adolece de falta de argumentos, tampoco hace ningún esfuerzo a la hora de explorar nuevos horizontes (Seiskafés, Con Mora, Encrudo, Forraje, Luter, Censurados, Gritando en Silencio, Iratxo, Stafas, Hirurko o Bocanada son buenos ejemplos de talento actual). Se ve en los bares, donde el Marihuana de Porretas y el Vicio de Reincidentes siguen sonando casi por decreto. La gente pide savia nueva y que los dinosaurios del rock le cedan el protagonismo a las nuevas promesas, pero a la hora de la verdad tampoco muestra la más mínima inquietud para salirse del camino marcado y, al menos, escuchar nuevas propuestas para poder llorar y despotricar con conocimiento de causa. Hace unas semanas lo comprobé por enésima vez: en un municipio madrileño de 60.000 habitantes tocaba una banda que, si bien no está consagrada, ya tiene cierto nombre en la escena estatal. En la sala había 15 personas, de las cuales la mitad eran conocidos del grupo. La entrada era gratis. Da que pensar. “La maté porque la amaba, la maté porque era mía”, reza la canción de Platero. Evidentemente,  ni estas actitudes ni las mencionadas en el primer párrafo van a matar algo tan potente como la música. Pero no estaría de más que la cuidáramos un poco más aprovechando lo que sí está en nuestras manos.


* Publicado inicialmente en Zona Ruído