Crónica: Rubén Pozo + Kike Suárez en Jimmy Jazz – 25 de Octubre 2012

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Cada persona tendrá su propio baremo/criterio a la hora de decidir qué ingredientes debe tener un buen concierto (independientemente del género musical que aborde). Según el mío, Rubén Pozo (Pereza, Buenas Noches Rose) y Kike Suárez Babas (The Vientre, King Putreak, Huevos Canos) dieron varias lecciones. Y hablo en plural, porque más allá de que fueran dos conciertos independientes, me resulta difícil no enfatizar la simbiosis musical que presenciamos el pasado 25 de Octubre en la sala Jimmy Jazz de Vallekas: más allá de las diferencias musicales y escénicas entre uno y otro, son dos artistas que se complementan a las mil maravillas y tienen más de una virtud en común.

Con apenas tres aliados iniciales (sus textos, la experiencia de Begoña Larrañaga y su acordéon) logró dignificar el (peliagudo y hasta denostado) término telonero, comiéndose el escenario y conquistando a espectadores que minutos antes no tenían ni puta idea de quién era. ¿Cómo lo consiguió? A base de carisma, elegancia informal y lucidez. Difícil papeleta, sí, pero supo jugar sus cartas y la superó con nota. Kike nunca presumió de ser músico. Y no le hace falta,  ya que en su caso las letras son el principal instrumento. Es en esa parcela donde demuestra un poderío envolvente que consiste, por ejemplo, en lograr que al escuchar La Chari  te imagines con todo lujo de detalles cómo es esa mujer, cómo es su casa o cómo son sus muebles.

Sensibilidad extrema a la hora de contar historias de carne y hueso a través de un lenguaje en cuyos estatutos se deja claro que a partir de algo tan cotidiano como montar un armario del Ikea también se puede construir poesía. No es que en sus canciones convivan vertientes opuestas (la sentimental/profunda y la material), sino que ambas forman una sola, más allá de que al escuchar canciones siempre tendamos a diferenciarlas de una forma casi instintiva. Esta es una virtud, por cierto, que comparte con Rubén, un maestro a la hora de impregnarle credibilidad y realismo a las historias que cuenta, ya sea a través del ruido que hace el ascensor de fondo, unos soportales y un litro, una paja, un Ford hecho polvo, persianas y luces de farolas o el Metro de Diego de León. Al igual que Kike demostró que con muy poco (una simple guitarra) se puede ofrecer un concierto intenso y eficaz, más allá de que él sí contaba con la garantía de un público que había ido a verlo a él.

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Como era lógico, desgranó de forma exhaustiva los temas de Lo que más (¡cuánto gana en directo una canción como Las horas muertas!), avalado por canciones como Nombre de canción, Chavalita (interesante la reflexión que hizo Rubén al presentarla, haciendo hincapié en que a veces detrás de una letra aparentemente ñoña se esconde la historia más áspera y jodida), Invierno o Como cualquiera. Una de las ventajas de emprender carrera en solitario es que te puedes dar el lujo de elegir el repertorio con más libertad. En ese sentido, agradecí que tocara temas como Horóscopo (¡mítico!) y recuperara otros olvidados como En una noche cualquiera o Tú qué tal. No fueron los únicos que cayeron de su exitosa etapa anterior, también hubo tiempo para Margot (sin duda una de las mejores canciones de Pereza y la más celebrada junto a Pegatina, Chavalita y Rucu Rucu), Madrid, Pirata (con dedicatoria para el Rayo Vallecano y Bukaneros), Pelos de punta,  Voy a comerte

Es curioso, pero en más de una ocasión (en su etapa con Pereza también me ocurrió) he podido comprobar cómo mucha gente se sorprende de forma positiva después de verlo por primera vez en directo o al escuchar en profundidad sus canciones. ¡Cuánto daño hacen los prejuicios y qué difícil es para según qué músicos desprenderse de una etiqueta injusta! Sea como sea, es indiscutible que Rubén gana en las distancias cortas que propicia un concierto así, donde al principio se encuentra desnudo y canción a canción acaba demostrando ser mejor músico de lo que él cree. Es un tipo humilde pese a que ha alcanzado cotas envidiables y no se le caen los anillos a la hora de dejarse la piel en un garito pequeño como el Jimmy meses después de haber tocado ante 12.000 personas en Vistalegre. Y es que la actitud está por encima de aforos.

El gran Diego Armando Maradona hizo célebre aquella frase de “la pelota no se mancha”, diciendo algo así como que más allá de que el mundo del fútbol esté rodeado de mierda, el balón siempre será el principal protagonista. Esa frase también se podría extrapolar al mundo de la música: como dije antes, las etiquetas, las críticas gratuitas, los topicazos y los prejuicios siempre estarán presentes en las discusiones musicales, pero por suerte las CANCIONES  están por encima. Y Rubén lo demostró en el Jimmy, un bar de barrio, cercano y de toda la vida. Como él. Como Kike.

JOAQUÍN STRUMMER
Fotografías: Jimmy Jazz

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Reseña: ‘Lo que más’ (Rubén Pozo)

Dentro del mundo del rock minoritario, es muy habitual escuchar quejas (no exentas de razón) en relación al escaso apoyo que reciben propuestas musicales underground repletas de talento. No es ningún secreto que hay una cantidad tremenda de bandas brillantes que, ya sea o bien por la saturación de la oferta (un arma de doble filo) o por la escasa/nula cobertura que dan los grandes medios, no tienen la más mínima oportunidad de darse a conocer ante el gran público. Pero no estaría de más que ese sector minoritario (músicos y oyentes)  también hiciera un ejercicio de empatía inversa y de autocrítica y reconociera que, en ocasiones, también cae en el mismo error al menospreciar ciertos discos antes de escucharlos por el mero hecho de que a sus creadores se les colocó previamente la (peyorativa) etiqueta de artistas de masas. Es una pena que un musicazo como Rubén Pozo todavía tenga que pedir perdón o dar explicaciones por haber pertenecido a Pereza (a mi juicio, una de las bandas más infravaloradas por el sector más guay e intransigente del rock a través de topicazos baratos, infantiles y previsibles). También es triste que toda esa gente que habla por hablar pase por alto algo importantísimo: Pozo les podría dar una lección sobre historia del rock and roll y sobre lo que significa comer mierda en garitos de mala muerte antes de triunfar.

“Soy corredor de fondo y funciono mejor cuando me han dado por perdido” reza una de las canciones de Rubén pertenecientes al último disco de Pereza, Aviones. La frase me resulta perfecta a la hora de resumir cómo afronté las reacciones que se dieron en cuanto saltó la noticia del parón indefinido de la banda. Y es que, por alguna extraña razón, cuando se supo que Rubén y Leiva emprendían carrera en solitario, mucha gente daba por hecho que el primero no saldría adelante tras la disolución. Supongo que esa desconfianza se debió, principalmente, a que esa gente no se había parado a analizar la importancia que ha tenido el propio Rubén a la hora de que Pereza se convirtiera en una banda de referencia dentro del rock estatal. El caso es que, por muy injusto que sea, en la última etapa de Pereza Rubén tuvo un papel secundario en la banda. Yo, que llevo siguiendo al grupo desde sus orígenes (cuando sacaban portadas cutres y videoclips sin medios), lo afirmo sin dudar: más allá de que considero que Leiva es uno de los compositores más talentosos que ha dado este país en la última década, se me hace imposible concebir Pereza sin hablar de canciones como MadridMargotConjuntoEstá lloviendoHoróscopoGrupis, Backstage o Matar al cartero (todas ellas de Rubén).

Puede que a priori Lo que más se gane el calificativo de disco difícil, ya que no está compuesto por doce singles inmediatos, pero también es cierto que es un disco crudo y directo. Para que nos entendamos: no se trata, en absoluto, de un disco de rarezas de Björk. Al contrario, se trata de un trabajo que ha sabido jugar con el equilibrio de los contrastes, sin complejos. Sería injusto, previsible y pretencioso si dijera que está dividido en dos bloques, el de las canciones maduras y serias (Las horas muertas, Invierno, Ozono, Nada más, Mañana será otro día) y el de los singles facilones y accesibles (Rucu Rucu, Pegatina, San Valentín o Chavalita). De hecho, una de las cosas que más me gustan de Lo que más es precisamente lo bien que encajan todas las piezas sin chirriar y formando un todo, más allá de que entre los doce cortes haya composiciones que se encuentran en las antípodas unas de otras.

Rubén ha vuelto a demostrar que la intensidad y la actitud rockera van mucho más allá de la distorsión, que para llegar a conmover y sorprender con una frase (“Nos cruzamos por aquí como fantasmas en el Metro”) no es necesario recurrir a las metáforas rebuscadas y que tampoco es indispensable tener una voz privilegiada (salvando las distancias, Charly García nunca la tuvo y es el mayor genio del rock argentino) o una técnica propia de mi amado Hendrix para transmitir a través de una canción. En Lo que más hay espíritu callejero (“tú el litro, yo el tabaco y nos vemos en los soportales”), rabia, elegancia y enjundia rockera (Lo que másComo cualquiera), guiños glam, estribillos implacables que te sacan una sonrisa pese a que narran algo jodido (igual que en aquella obra maestra de Los Enemigos llamada Septiembre) y auténticas perlas que no deberían pasar desapercibidas (Mañana será otro día, mi favorita). Es un tipo de carne y hueso, y así es este disco: desgarrado y oscuro, pero también lleno de luces. Creíble y real como la vida misma.

No voy a entrar en cifras de ventas y de taquilla, porque son temas que se me escapan. Lo que sí pienso es que esta ruptura musical con Pereza era necesaria. Y me alegro de ello. Es verdad, no tenía nada que demostrar (o al menos a los que siempre seguimos con atención su trayectoria) y no me ha sorprendido que haya facturado un disco de un nivel tan elevado, pero me tranquiliza saber que a base de CANCIONES haya podido quitarle la razón a los escépticos que se hayan tomado la molestia de escuchar atentamente este disco o de ir a algún concierto suyo. Después de empollarme durante meses Lo que más, también tengo claro que Rubén ha salido absolutamente reforzado como músico. Y por si fuera poco tiene la suerte de tener algo de lo que pocos pueden presumir: una personalidad musical propia e inconfundible.

JOAQUÍN STRUMMER

Fotografía: Diario Sport

Reseña: ‘The war of the species’ (Wilhelm And The Dancing Animals)

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De vez en cuando una, que está curtida ya en esto de escuchar nuevos talentos, se lleva una grata sorpresa. Es lo que me ha ocurrido al saborear el primer LP de Wilhelm And The Dancing Animals (The War of the Species): me ha invadido una sensación inequívoca de acierto. Su pop descarado y sin complejos hace que el público se adentre en un espiral de canciones cuyos ritmos disparan caderas y pies por igual. Originales de Pamplona, la banda, compuesta por Guillermo Fernández Mutiloa y Helen Agreda Wiles como cabezas visibles y Have, Kiko, Iñigo y Josh como The Dancing Animals, ha seleccionado nueve temas que no difieren en exceso de The Forest Have No Name, el que fue su EP debut (el cual, por cierto, generó muchas expectativas que se ven recompensadas con este disco). Sus acordes desenfadados recuerdan en ocasiones a grupos como Arcade Fire, pero llevando las voces a un nivel de exaltación cercano a Hola A Todo El Mundo. Y todo ello aderezado con unas melodías frescas que hacen de temas como Wake Up o Ten, go verdaderos himnos veraniegos.

CLAUDIA DE BARTOLOMÉ

Reseña: ‘Haria’ (Berri Txarrak)

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Hablar de Berri Txarrak es hacerlo, posiblemente, de una de las bandas más grandes que ha dado Euskal Herria desde la disolución de Negu Gorriak. Y si hilamos más fino y nos ceñimos únicamente a bandas que utilizan el euskera como forma de expresión, parece indudable que pocas formaciones pueden hacerle sombra a la banda de Lekunberri a juzgar por su proyección, tanto a nivel estatal como internacional (en ese sentido Jaio.Musika.Hil supuso un punto de inflexión). Si bien se trata de una responsabilidad envidiable, a nivel interno no debe ser fácil encontrarse en la tesitura de tener que mantener un equilibrio cualitativo después de haber facturado discos de la talla de Libre ©, del ya mencionado Jaio.Musika.Hil (a mi juicio, el mejor disco de la formación y, posiblemente, uno de los mejores discos estatales de la última década) o de Payola.

Si algo se puede aplaudir de Berri txarrak, es precisamente una regularidad que, más allá de gustos personales, parece estar fuera de toda duda. Teniendo en cuenta, además, los continuos cambios que ha padecido la banda, también parece incuestionable que Gorka Urbizu (único miembro que queda de la formación original) ha dejado constancia de su incontestable trascendencia creativa dentro de la banda, saliendo (una vez más) airoso. ¿Es Haria un disco difícil de digerir? No lo creo. Lo que sí parece claro es que se trata de un disco que, mediante matices y pinceladas, consigue ventilar el itinerario musical del grupo. ¿Qué implica eso? Depende del oyente. Algunos lo agradecen. Otros se descolocan. Según mi punto de vista, si se hace de forma convincente creo que es algo positivo, ya que lo interpreto como un síntoma de que la banda está viva. Lehortzen (que cierra el disco) es, sin lugar a dudas, la canción que más puede chocar en un principio.

Sin embargo, esos ligeros matices musicales que se aprecian en este disco no son, ni mucho menos, suicidas o temerarios. Todo lo contrario. Las novedades que encontramos en este trabajo son bastante comedidas. Haria no renuncia a los habituales cimientos a los que siempre se ha aferrado la formación. Para muestra de ello, temas como FAQ (muy significativa la colaboración de Matt Sharp, exmiembro de Weezer, una de las bandas de cabecera de Berri, y actualmente en The Rentals), el sublime HariaAlbo-Kalteak o Harra. El discurso musical (y lírico, si se quiere) de Berri Txarrak siempre encontró en la ambivalencia o dualidad (frenetismo/sutileza) un preciado aliado. No sorprende pues, encontrar joyas como Iraila, un tema que podría servir como claro ejemplo a la hora de demostrar, una vez más, que la intensidad no necesariamente ha de ir unida al discurso musical más duro.

Intentar encasillar de forma tajante a Berri Txarrak (más allá de que hay unas bases indiscutibles y obvias, se entiende) me resulta innecesario a estas alturas, ya que las canciones y la música están (o deberían estar) por encima de géneros y estilos. Pero es de agradecer que haya bandas capaces de deambular por diferentes tonalidades musicales corriendo el riesgo de caer en tierra de nadie y, pese a ello, engrandecer su nombre disco a disco. Un ejemplo de continuísmo inteligente. Una muestra de crudo, elegante y premeditado primitivismo stoner aderezado con estribillos espectaculares y accesibles (imposible no acordarse de Espero zaitzaket al escuchar Makukuak, cuya letra está basada en un poema de Bertolt Brecht). Lenguaje poético, elaborado, ambicioso y no masticado que, sin embargo, no cae en lo pretencioso (no sé si con este disco Gorka habrá tocado techo como letrista, pero sí considero que ha dado una verdadera y emocionante lección en esa faceta). Metáfora y evidencia. Inconformismo e impotencia. Furia y pasión. Todo eso es es Berri Txarrak. Y todo eso lo tiene Haria.

Todas las autopsias de nuestras ideas han sido escritas en otras lenguas. Toda esa amnesia de elefante y la ortodoxa ortografía. Cansancio en los ojos de tanto llevar las gafas 1-D. Sus orejas sólo sirven para sostenerlas. Estos son, en resumen… daños colaterales. Las calles están llenas de cámaras, no así los calabozos para interrogatorios. Nuevas coordenadas del miedo en las alcantarillas de la vieja Europa. El oscuro juego de los silogismos y sus increíbles resultados. Páginas arrancadas de los pesados libros de Derecho. Estos son…¿cómo decirlo? Los daños colaterales de ser nosotros mismos. Las consecuencias del no-ser.

 JOAQUÍN STRUMMER

Reseña: ‘Visions from Oniria’ (The Last 3 Lines)

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Un viaje entre las colinas de lo familiarmente inclasificable; así es el nuevo disco de The Last 3 Lines, un grupo nacido en Barcelona allá por el 2006 que, tras varios cambios en la formación, ha conseguido consolidarse en la escena musical estatal gracias a unos marcados ritmos que no dejan indiferente a quienes los escuchan. Acudí al encuentro sonoro con Visions from Oniria (Aloud Music, 2011) sin muchas expectativas, y salí de él sorprendida con las melodías y los ritmos marcados por un bajo que llega a ser sublime. En temas como Your bruising charm da la impresión de que uno/a detecta cierta mezcla entre The Strokes y U2 cuando, en realidad, es una armoniosa combinación de un sonido propio fielmente rebuscado con el paso de los años. Cualquier duda se disipa al llegar a Andromeda, un himno a los pies inquietos o Sleepwalker, donde nos van guiando a través de una guitarra acústica por un sendero aparentemente country hasta llegar a un final de éxtasis absoluto, de esos en los que nos imaginamos al vocalista tirando los amplificadores de una patada y agitando el pelo.

La joya de la corona la encontramos en el tema que da nombre al disco: Visions from Oniria es la mejor carta de presentación de The Last 3 Lines, agrupando magistralmente los sonidos que le sirven a este grupo como seña de identidad: guitarras rasgadas, sintetizadores, batería contundente y bajo imprescindible, todo ello acompañado de una voz que, sin duda, encaja a la perfección. Para todos aquellos que queráis comprobar si todo esto es cierto, no os perdáis los conciertos que ofrecerán en ciudades como Madrid, Santander, Barcelona o Zaragoza entre los meses de febrero y mayo, porque todo parece indicar que si el disco suena bien, en directo no van a defraudar a nadie. Todo lo contrario.

CLAUDIA DE BARTOLOMÉ

Reseña: ‘O todo, o nada’ (Habeas Corpus)

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Me niego a recurrir al topicazo de decir que estamos ante el disco maduro de Habeas Corpus, puesto que no considero que “madurez musical” y “disco melódico” sean necesariamente conceptos inherentes. Es más, también me niego a etiquetar este disco como un simple disco melódico (al igual que Justicia no me pareció un simple ejercicio de embrutecimiento). Ambos trabajos, enfocados desde prismas muy diferentes, ofrecen muchísimo más de lo que pueda llegar a intuirse en una etiqueta tan puntual y urgente como insuficiente. Más allá de gustos personales, cuando se hicieron públicos los avances de este disco antes de salir a la venta (dos temas colgados en la página web de la banda y un avance de veinte segundos del resto de canciones) quedó demostrado una vez más que los foros de internet son lugares cada vez más vomitivos e intransitables.

Leyendo algunos despropósitos (soy el primero en decir que es lícito y hasta necesario criticar si se hace con un mínimo de sensatez y credibilidad) a veces me llegué a preguntar si ciertas personas se llevaban algún tipo de comisión por linchar de forma gratuita. Personas que, por cierto, seguramente no dudan en atribuirse medallas al afirmar que la cultura y el arte no pueden ser vistas como algo convencional y mercantil, pero que paradójicamente tratan al músico de su banda favorita como si fuera un trabajador/esclavo al que pueden manejar a su antojo, pasándose por el forro sus necesidades creativas. Seamos serios: que a estas alturas de la película el nombre de Habeas Corpus vaya unido a la palabra “vendidos” o al nombre de Pignoise suena a broma de mal gusto. Así de claro.

Sacar un disco así después de un trabajo tan bien visto como Justicia (a mi juicio un disco que roza la perfección) es algo que tiene mucho mérito. Estamos ante dos trabajos que más allá de los evidentes nexos en común en cuanto a actitud y fondo, musicalmente difieren muchísimo. Obviamente una banda no está obligada a cambiar y a lanzarse de cabeza a nuevas aguas en las que nadar. No, ese no es un requisito indispensable para hacer buena música. Arriesgarte a secas es algo loable, pero no es suficiente para perdurar en el tiempo. Precisamente por eso debemos aplaudir a Habeas Corpus, porque jamás se han conformado, jamás se han estancado y aunque nadie los haya obligado, nunca han tenido una postura acomodaticia ni han pretendido vivir de las rentas.

 Y ya no se trata de arriesgarse ciegamente, sino de hacerlo con sentido y sin patinar de forma ridícula. La valoración que hago después de haber escuchado mucho O todo, o nada es que no sólo no han hecho el ridículo sino que han vuelto a demostrar que la actitud y la esencia son dos cosas que van mucho más allá de estilos y etiquetas.  O todo, o nada es un muy buen disco; fresco, valiente (el nombre tampoco creo que sea casual) y consecuente. Cuando una banda demuestra disco tras disco su solvencia y regularidad, es una señal inequívoca de que sus galones no son fruto del azar. Además, si lo pensamos se trata de un giro que de alguna forma es lógico. ¿Qué sentido tenía sacar otro disco de sonidos extremos existiendo Vindicatio (proyecto paralelo de MARS y Chifly)? Con Vindicatio la parcela musicalmente más agresiva (y el discurso lírico de MARS en Habeas Corpus siempre fue durísimo, pero también menos visceral e individual) queda cubierta del todo a juzgar pos su debut discográfico. De todos modos tampoco nos equivoquemos, O todo, o nada no es un disco blando en sí, ni mucho menos.

Uno de los temas que encendió la llama de la polémica fue Contigo. ¿El motivo? Un sector se llevó las manos a la cabeza al comprobar que en la letra convivían palabras como “enamoré”, “piel” o “labios”. ¡Qué osadía! (sí, estoy siendo irónico). Me pregunto dónde estaban todos esos susceptibles sorprendidos cuando el grupo publicó hace tiempo temazos como M.Z.B (musicalmente un ejemplo claro y meridiano de la sanísima y envidiable apertura musical del grupo, por cierto), Distancia o Después del último adiós, los cuales contenían explícitas declaraciones de amor. ¿Mi opinión del tema? Sin llegar a disgustarme es de los que menos me atraen del disco. Pero de ahí a escandalizarse, patalear y sacar conclusiones tan sectarias hay un trecho. Puedo llegar a entender que sorprenda un tema así dentro del repertorio de  Vindicatio, pero no en Habeas Corpus.

No cabe duda de que en O todo, o nada nos encontramos con temas de estribillos muy accesibles (Dime que no, O todo, o nada, Todo se derrumbó). Pero, ¿desde cuándo eso es malo si se hace de una forma sincera y honesta? Dime que no y O todo, o nada son posiblemente junto a la ya mencionada Contigo dos de los temas más rockeros del disco. El primero es una certera mezcla entre la sensibilidad social y la inevitable necesidad de una puntual evasión ante un panorama tan desolador (fuerzas de seguridad de gatillo fácil, precariedad laboral o dramas vividos dentro de una celda son los ejemplos escogidos en esta ocasión) que hace daño a la vista. La letra de O todo, o nada (el enfoque musical me recuerda al de su EP Subversiones), por su parte, bien podría indignar a más de un bienpensante. Se trata de una interesante reflexión acerca de la valentía que supone el pasar de la teoría a la práctica a la hora de luchar pos nuestros ideales, cuestionando a la indecisión y a las medias tintas. Un ejercicio de empatía sin tabúes para ponerse en la piel de quien toma una decisión tan arriesgada como incomprendida por la inmensa mayoría:

¿Te atreverías a pasar la vida entre rejas? ¿A morir y a matar por defender eso que expresas? ¿Te arriesgarías a que te pegase un tiro la policía? ¿Y a aparecer cualquier día muerto en cualquier esquina? ¿A que una noche tuvieses que huir teniendo que dejarlo todo, a tu familia, a tu pareja, a tus hermanos, la casa a la que tal vez no vuelvas? Di si estarías dispuesto a hipotecar por entero tu vida, pasar de ser alguien “normal” a un “terrorista”. A ser juzgado por los que son tus enemigos declarados. A renunciar a todo y más sin saber si al final servirá de algo…

En algunas partes de Todo se derrumbó (donde se vuelven a tener protagonismo aspectos más personales a través de una estremecedora letra) y de Antes morir que vivir muertos (auténtica declaración de principios) con su voz MARS nos recuerda al MARS de algunos temas del Armamente, mientras que Bastardos de salón (un alegato contra el sector más ultraderechista y reaccionario de los medios de comunicación) podría pertenecer perfectamente a Justicia o a Basado en una historia real. Aunque hay que aclarar que en este trabajo MARS le da otra vuelta de tuerca a su registro vocal hacia un lado áspero y rasgado al que no nos tenía tan acostumbrados. Pero en líneas generales, a pesar de dichas reminiscencias puntuales, inevitables y necesarias (no sólo en el aspecto vocal, sino instrumental), estamos ante un disco absolutamente fresco e innovador dentro del contexto ya de por sí ecléctico de la banda. Tampoco podemos dejar de mencionar Perdimos la ocasión, otro soplo de aire fresco que recuerda vagamente al The first drop de Rise Against y con el que comienza el disco. Precisamente en este tema se incluye a modo de introducción una frase de Isa, personaje principal de la excelente película El patio de mi cárcel interpretado por Verónica Echegui (posiblemente una de las mejores interpretaciones que he visto en el cine español): “Es difícil vivir en libertad sin sentirse libre”. Una frase significativa y lapidaria que explica a la perfección el hilo conductor de muchas de las letras de la banda y su posicionamiento a lo largo de toda su carrera.

La voz del narrador del documental catalán Presos de la democracia también resulta algo más que un simple adorno decorativo a la hora de introducirnos en el tema Sois ejemplo: “Si me preguntarais qué es la cárcel os respondería, sin dudar, que es el basurero de un proyecto socioeconómico determinado al cual arrojan a todas esas personas que molestan dentro de la sociedad”. Un tema que posiblemente tiene todos los ingredientes para convertirse en himno (¿su particular Ellos dicen mierda?.) Se agradece leer letras que se salgan del protocolo establecido por la mentalidad mediocre del pensamiento único, incapaz de ver más allá del “si están ahí algo habrán hecho, se lo tienen merecido” cada vez que se habla de los presidiarios; postura que me parece lamentable, independientemente de que esas encarcelaciones estén avaladas o no por el discutible Código Penal. Uno de los encantos de la lírica de MARS (a mi juicio el letrista con más talento de la escena estatal) es que, si bien repite temáticas a la hora de afrontar un folio en blanco, siempre sabe darle un enfoque que, sin cambiar el fondo, sí juega con la forma. Un tipo que condena taxativamente la violencia de género pero se atreve a hacerlo yendo un poco más allá, intentando ponerse en la piel del maltratador, como en Ni una más, del anterior trabajo. Un tipo que pone en duda la eficacia de los sistemas democrático y educativo con argumentos tan sólidos como incontestables en temas como La democracia es una farsa (en el que colabora Nano, guitarrista de la formación durante una década y ahora al mando de DeNiro) o La escuela es sistema, respectivamente.

Puede que las apariencias engañen, pero aunque les joda a los que se tomaron la libertad de decidir (basándose en parámetros arbitrarios) que el grupo había perdido su esencia y personalidad, este disco huele a Habeas Corpus por los cuatro costados. No se me ocurre ningún ejemplo mejor que el de esta curtida formación a la hora de hablar de compromiso, sensatez, actitud y credibilidad. Es duro decirlo, pero en un mundillo en el que abundan las bandas que se suben al rentable carro de lo reivindicativo y lo solidario utilizando el trillado recurso del panfleto, grupos como Habeas Corpus se me antojan imprescindibles.

JOAQUÍN STRUMMER

Reseña: ‘Corazón de padre atómico’ (Jordi Skywalker)

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Cuando supe que Jordi Skywalker volvía a la escena musical doce años después de dejar Buenas Noches Rose, me llevé una alegría tremenda. Sentí mucha curiosidad por ver con qué nos iba a sorprender este tipo peculiar y auténtico que, a mi juicio, fue uno de los vocalistas más carismáticos y enérgicos del panorama estatal de la década de los 90’ y parte importante de una banda grande que, con tan sólo tres discos publicados (el último sin su participación), consiguió convertirse en un grupo de culto que a día de hoy sigue estando vigente para muchos nostálgicos. Más de una década después de la publicación de La danza de araña (último disco en el que escuchamos la voz de Jordi), nos encontramos con este Corazón de padre atómico; un retorno que, en una primera escucha muy general, deja claras dos cosas. La primera es que los nostálgicos de BNR no van a encontrar en este disco prácticamente similitudes con aquella banda, sino a un Jordi que, fiel a su sana costumbre, ha hecho lo que le ha apetecido. La segunda es que el artista no se ha metido en esta historia con el fin de hacerse millonario, porque vista desde un punto de vista mercantil es un suicidio comercial.

La cara visible de este trabajo es el single Babylon, tema engañoso donde los haya. La primera vez que lo escuché me quedé desconcertado, sorprendido (tal vez porque es un tema atípico). La segunda me hizo más gracia. A la tercera ya no me podía quitar de la cabeza su simpático (y no por ello hueco) estribillo. Para mucha gente este tema no será más que un panfleto con previsibles topicazos pacifistas, ecológicos y hippies. Yo soy de los que piensan que las cosas que se sienten hay que decirlas, por más que puedan sonar a tópicas. Es mucho más grave estar de acuerdo con un topicazo y callártelo por el miedo al qué dirán. Y al escuchar a Skywalker no tengo la sensación de que se trata de una simple pose, sino la de un tío auténtico, de esos que están en peligro de extinción porque son capaces de hacer lo que les da la gana y se niegan a estar encorsetados (o al menos no aceptan que el corsé venga impuesto de otro lado que no sea las propias entrañas). Para más de una persona que lo analiza desde la distancia, Jordi tan sólo es un quedado al que se le va la pinza. Desde esa misma distancia tengo la sensación de que es el propio Jordi el que se descojona de los demás y el que podría darle muchas lecciones trascendentales a esa gente “cuerda”.

Después de escuchar el disco cantidad de veces, la conclusión a la que llego es que es un trabajo consecuente y sensato. Es el disco que tenía que sacar, un disco que huele a verdad. Creíble. Un disco que está vivo, entre otras cosas, porque no es perfecto (hay algún que otro fallo sin importancia que se ha quedado registrado y le da un toque espontáneo). Natural y crudo. Sin maquillaje. Casero (hasta los niños y los animales participan en él). Independiente, aunque no haya gafas de pasta de por medio. Artesanalmente elaborado. Austero pero mimado (en la grabación se implicó mucho Rubén Pozo, 50 % de Pereza y compañero de Jordi en los Rose). El típico disco imperecedero (independientemente de cuántos oídos le den una oportunidad) gracias a algunas canciones que te alegran el día (lo cual no es poco) sin ser de usar y tirar y a otras cuya magia está mucho menos arraigada a la superficie, siendo éstas las que consiguen que no sea un disco meramente entrañable y simpático, sino un muy buen trabajo .

 Un disco que crece con cada escucha y con cada detalle nuevo que descubres.  Burriquita podría servir como banda sonora para alegrarte un viaje Madrid-Cádiz por una carretera llena de baches, en un coche destrozado y sin aire acondicionado. Muerte súbita es un tema sencillo pero con mucho estilo, redondo, bien hecho, elegante y finiquitado con una cuidada letra a modo de testamento y unos excelentes coros que no sólo arropan sino que hacen que la canción crezca. Amor cósmico es un señor temazo que, en momentos puntuales, tal vez no habría desentonado en La danza de araña. Simple es una declaración de intenciones que se quiere alejar de lo establecido en medio de una atmósfera muy campestre en la que guitarras, ladridos de perros y armónicas conviven en paz.

Con Aimez (escrita en francés), se llega a uno de los momentos más bonitos del disco. Una canción preciosa, se mire por donde se mire. También destacan la equilibrada Walkabout…. y Círculo, ésta con un toque funky muy atractivo. Dans a la lune y Mule no sólo tienen en común que también están escritas en francés (Jordi pasó una temporada por tierras vecinas), sino que además serían capaces, con sus buenas vibraciones, de resucitar y hacer bailar a un muerto.

Con Caravane, llena de sobriedad, y Canción india, Skywalker pone fin a este interesante viaje. Canción india es, sin duda, una de las joyas del disco. Si esta canción la hubiera compuesto cualquier cantautor célebre o consagrado, la pondrían en los colegios para explicar las miserias de la vida moderna. Enorme. Con una letra sentida y profunda resume perfectamente la esencia del disco (y de su autor, en definitiva):

Mi madre es la tierra, mi padre es el sol, mi abuela la luna, mi abuelo el cielo creador. ¿Cómo podría yo vender aquello que me dio la vida? ¿Cómo podría yo comprar el canto del mar? ¿Cómo poner precio al sol, la roca, el río y la nube si nadie puede guardar el amanecer? ¿Cómo podría yo vender lo que no han hecho mis manos? ¿Cómo podría yo comprar el bosque en la lluvia? ¿A quién le debo pagar la sed que calma la fuente si nadie puede guardar estrellas de nieve? Veo al hombre caminar deprisa para nunca llegar. Veo al hombre perforar la sierra para poder pasar. Veo al hombre arrancar la hierba para poder sembrar. Veo al hombre matando a su hermano para encontrar la paz. ¡Y digo no! ¡Hombres libres se levanten y hagan con sus lágrimas una canción!

Desde luego, muchos estarán decepcionados porque se esperaban otra cosa. Yo,  incluso siendo un profundo enamorado de BNR, me alegro de que Jordi haya querido arriesgar en lugar de sacar un disco continuista. Creo que todo tiene su momento y parte de la magia de aquel irrepetible grupo reside precisamente en que ya demostró todo lo que tenía que demostrar sin necesidad de dilatar y alargar su historia. De hecho no sería partidario de una hipotética reunión. Ser valiente es hacer lo que te da la gana, aunque la gente espere otra cosa. En esa faceta Jordi tiene un Máster. Y este disco, guste mucho, poco o nada, es una buena noticia para el mundo de la música honesta.

JOAQUÍN STRUMMER